Casi Nada - WebMagazine- Indice octubre 1998 - Indice General Temático - Páginas Centrales
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  I'm your Hoochie Coochie Man
 
 
-¡Ahí viene! ¡Es él! ¡Wow!- y otras expresiones de similar euforia salieron de los labios de millares de adolescentes y jóvenes amas de casa agolpadas frente a la puerta del canal 99. Es que Adrián Aragón, el recio y atractivo galán de la telenovela IMPOTENTE SOLEDAD, salía de grabar un nuevo capítulo de la citada tira. La avalancha de mujeres se arrojó sobre Adrián, ansiosas de tocar a su ídolo, gritando desaforadas. -¡Papito! ¡Potro! ¡Haceme tuya!
 

Lentamente, y ayudado por la gentil colaboración de las fuerzas del orden, Adrián logra ingresar a su limosina, habiendo perdido por el camino una cadenita de oro, ambos zapatos y un pañuelo lleno de mocos aún frescos (Este trofeo fue obtenido por una dulce dactilógrafa llamada Mercedes, quien lo enmarcó para exhibirlo con orgullo ante sus amistades. Catorce años después, Néstor, el marido de Mercedes, lo venderá para saldar una deuda de juego por 5.000 dineros y así el pañuelo de Adrián pasará por varias manos hasta que el año pasado un coleccionista que prefirió permanecer en el anonimato pagará la escalofriante suma de 459.902.310 patacones. Luego de esta adquisición se le perderá el rastro al bendito pañuelo, pero como para ese entonces pocos recuerdan a Adrián Aragón, poco afecta esta ausencia al devenir de la Historia Universal).
 

Arranca velozmente la limosina, arrastrando tras de sí la ululante columna de fanáticas. ¡Pobres! ¡Qué profunda decepción sufrirían si les dijese la verdad! Porque quien va en el auto no es el viril Adrián Aragón sino Tiberio K. Virgulapoulos, hábil maestro del disfraz y la impostura. El verdadero intérprete del yuppie Martín Alcalaguirre está maniatado y oculto en un ropero, con un bruto chichonazo en la cabeza producto de haber chocado su testa con la cachiporra de Tiberio.
 

También frente a la entrada de la Mansión Aragón espera otra enardecida masa de mujeres. Julio, el chofer de Adrián, hizo lo acostumbrado: apretó a fondo el acelerador, atropellando a gran cantidad de admiradoras, las cuales murieron inmediatamente y con una sonrisa en los labios. La historia recordará este suceso como La Masacre de Aragón y será uno de las causas generadoras de la Decimoquinta Guerra Intercontinental (si el lector desea informarse más al respecto recomiendo leer el libro de Julián F. Osterreich y de Charles Henry García, Potencias en Pugna, Traslasierra, Editorial Baalbarith, 1851).
 

Pero volvamos al cuento. Adrián (o, mejor dicho, Tiberio) entra a su suntuoso hogar y es recibido por la voz de Marcos Reyes, su secretario personal y mano izquierda (es que Aragón es zurdo), que le dice con voz atiplada y tremolante:
 

-¡Adri, Adri, mirá, mirá! ¡Qué horror! ¡Mirá lo que escribió la bruja de la Rovirola en Tevelandia!

-¡Que yo oculto una ...! ¡Esa vieja puta me las va a pagar! Llamala y decile que desmienta todo o cuento lo que ella ya sabe. Pero no seas muy grosero, que esa arpía es capaz de tomarse venganza.

-Ay, bueno, bueno, cariño, voy a hacer lo que se pueda. Vos sabés lo temperamentaaaaal que me pongo...-dice Marcos, mientras se va salticando hacia el teléfono de la biblioteca.

Tiberio, luego de esta habilidosa interpretación, sube a su habitación, simulando el cansancio de la larga jornada de grabación. Al abrir la puerta encuentra, tendida sobre la cama, a Déborah, una fan que logró colarse por todos los dispositivos de seguridad (una muralla coronada con cascos de botellas rotas, un foso con pirañas, tres filas de alambres de púas, un campo minado, treinta dobermans rabiosos y un ejercito entrenado en las más crueles y sanguinarias artes marciales) de la Mansión Aragón, y ahora le ofrecía su virginal cuerpo desnudo a su más admirado ídolo (¡Si supiese que no es Adrián...!).
 

Nuestro héroe no duda un segundo y en un abrir y cerrar de ojos se despoja de todas sus ropas. Es así que un enorme pene erecto, que haría suspirar de envidia a los grabados de Aubrey Beardsley, aparece en escena y hace aullar de placer a Déborah. Ambos cuerpos se acercan y da comienzo una extenuante sesión de gimnasia erótica de treinta y siete horas de duración, donde todos los placeres sensuales conocidos y desconocidos por la humanidad son puestos en práctica. Obviamente, es imposible narrarla en su totalidad pues no sería justo para los restantes personajes de este libro, quienes exigen un trato equitativo en lo que respecta a la longitud de los cuentos, pero tampoco sería ético dejar a los lectores con la libido en alto, así que relataré algunas escenas, elegidas al azar. Eso sí, advierto de la crudeza de los párrafos siguientes, por lo que se advierte que la presencia de los niños frente al libro queda bajo la exclusiva responsabilidad de los señores padres.

(...) cae Tiberio boca arriba sobre la cama, con su megalítico pene apuntando acusador al cielo raso y aún rezumando semen. Déborah hace una rápida seguidilla de flipflaps que la depositan de boca en los descomunales testículos, los cuales comienza a lamer lentamente. Contorsionándose abraza al fálico cilindro con sus piernas y así, arqueada y sin abandonar su trabajo de lengua, trepa por él, cual kermésico palo enjabonado. Llega la niña a la punta del gigantesco espárrago rosado, se endereza, calza sus labiecillos vaginales en el más grande entre los glandes y dándose envión con las piernas empieza a girar vertiginosamente hasta que la fricción la detiene. Tiberio la toma de los tobillos, tira hacia abajo y penetra por enésima vez la ya hace largo rato desvirgada conchita de Déborah. A medida que desciende por la gran poronga, ella va cagándose de placer y sus tetas (un bellísimo par, que muchos pintores renacentistas hubiesen deseado colocar en sus diosas y madonnas) despiden sendos chorritos de una melíflua leche que jamás lactante alguno beberá, ya que se reserva para ocasiones especiales como ésta. Cuando ya no hay más pija que meter en el pequeño hoyo y la leche ha dejado de fluir, Tiberio gira a su compañera hasta dejarla de espaldas y le introduce certeramente el puño izquierdo (recordar que Aragón es zurdo) dentro del culo (lindo culo, también envidiado por diosas y madonnas). Ella grita y una lágrima de sangre corre por sus mejillas.

-Más, más- dice mientras siente las veloces cosquillas que Tiberio en su interior. Cuando él le pellizca el esfínter (que no era ni envidiado ni admirado por nuestro público renacentista, ya que el esfínter es una tripa como cualquier otra), se produce una incontenible reacción en cadena dentro del organismo de la niña cuyo efecto es un sonoro pedo, la inmediata descarga de cuanta mierda tuviese Déborah dentro de sus retorcidos intestinos y la puesta en acción de un principio físico cuyo nombre no recuerdo (y que, por lo tanto, no explicaré en estas páginas) que empuja su cuerpecito, haciéndolo subir por el lubricado pijón, cual navideña cañita hasta terminar, gracias a las leyes del tiro vertical (principio físico que tampoco explicaré), incrustada en el cielo raso.

(...) Ella, sin dejar de succionar el gran pene, retira de una patada el escabel y Tiberio queda colgando de la horca. Se produce la clásica erección y Déborah es despedida contra la pared, arrastrada por el violento chorro de semen que sale. Nuestro héroe, ya al borde de la asfixia, se desata y recoge a su partenaire, quien yace desmayada. Tiberio, sin esperar que Déborah reaccione, la penetra analmente y así la va arrastrando por toda la habitación, trazando un surco por la alfombra de mierda, orines, sangre, semen, mucosidades y vómitos que cubre el piso.

(...) -¡Toma, niño malcriado!- gritó mamá Déborah mientras azotaba al pequeño Tiberito con un gato de nueve colas reforzado con yiléts.

-¡No! ¡No! ¡Por favor! ¡No lo haré más!

-¡Tomá, tomá y tomá!- continuó ella, mientras le introducía una botella rota en el ano.

Creo que con estos ejemplos ya los lectores podrán hacerse una idea de la magnitud orgiástica de la situación. Pero ahora volvamos al cuento, que ya se acerca a su final.

Cuando ya se estaba por cumplir la hora número treinta y siete y nuestros amigos estaban por dar paso a un muy postergado orgasmo (que no era el primero y no pensaba ser el último) se abre violentamente la puerta del dormitorio y hace su ingreso... ¡El verdadero Adrián Aragón!
 

Al verlo llegar acompañado por una temible cuadrilla de guardias y policías, Tiberio no tiene más remedio que abandonar a Déborah y saltar por la ventana, dejando tras de sí un brillante sendero de semen. Todos los presentes se asoman y ven el cuerpo destrozado de nuestro desafortunado héroe, que no recordó que aquella ventana daba a un profundo acantilado.
 

Dado que ya no quedaba nada por hacer, los policías y los guardias regresan cantando a sus puestos. En la habitación sólo quedan Adrián y Déborah. Ella, olvidando todo lo hecho con Tiberio, le ofrece su virginidad al ídolo de sus sueños. Lamentablemente, la comparación, que es odiosa, resulta inevitable y, según el juicio de Déborah, Adrián no está a la altura (ni a la longitud) de Tiberio. Desilusionada, se viste y se va, con el convencimiento de que quien yace destrozado por filosas rocas es el verdadero galán y éste, que solloza desnudo en el borde de la cama, es un impostor. Es aquí cuando comienza la decadencia de la ascendente carrera de Adrián Aragón, pues Déborah no se callará y todas las fans rechazarán a quien consideran un falso ídolo. Aragón caerá en un terrible pozo depresivo que lo hará presa fácil de las drogas, el alcohol y la homosexualidad (sin embargo, ahora que lo pienso, Aragón ya era presa fácil de las drogas, el alcohol y la homosexualidad desde mucho antes de este incidente. No sé, quizás haya sido otra la causa que dio como resultado que un brumoso amanecer del mes de Reciembre un trasnochado caminante lo encontrase dentro de un auto, ya cadáver, con la cabeza estallada y el cerebro disperso por todo el vehículo, con la pistola aún humeando en su diestra (Sí, ya sé que era zurdo. No me pidan explicaciones de todo.). A Déborah la vi una madrugada salir de un cabaret, fea, tres cuartos de cogote, una percha en el escote, bajo la nuez, trepando a un poste telefónico, buscando llenar el vacío que Tiberio le había dejado.).
 

Pero retrocedamos al momento en que todos se asoman a la ventana y ven que el falso Adrián Aragón se ha estrellado, luego de una brutal caída de más de cincuenta metros, contra los acantilados, muriendo en el acto y de la forma más cruel posible. Pues bien, el cadáver no es tal (¿Dónde se ha visto que el muchachito muera?): apenas todos se retiran de la ventana y vuelven a sus ocupaciones, Tiberio se incorpora, se quita el traje de Adrián Aragón Desnudo Muerto Tras Una Brutal Caída De Más De Cincuenta Metros Contra Un Acantilado, se lo coloca a Julio (quien había fallecido por la insoportable culpa de haber atropellado a su propia hija en la Masacre de Aragón), se disfraza de perrito vagabundo y al trotecito se aleja rumbo a la zona de los restaurantes más lujosos de Concesión, donde, dentro de uno de ellos y asumiendo la apariencia de un perchero, podrá robarse una buena cantidad de sobretodos, tapados y afines.

Saurio





 
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