Casi Nada - WebMagazine- Indice septiembre 1998 - Indice General Temático - Páginas Centrales
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  La belleza de los feos 
 

 
 
Dedicado a los guapos de corazón, si es que existen
 
La vi. Allí estaba ella. En época de Ferias; y sé que era en Ferias porque estábamos en la Hípica, y en mi querida ciudad sólo hay carreras de caballos en esas fechas.
 

- ¿Cómo lo llevas?
- Cuatro mil.
- No está mal. Mil pelas más que yo.
 
Dos buenos perdedores, pensé yo. Hemos perdido a nuestras mujeres, a nuestros hijos, nuestra autoestima, si alguna vez la tuvimos, y lo que es peor, siete mil pesetas. Seguramente por ese dinero hubiéramos encontrado a un par de negras que nos abanicasen durante tres o cuatro horas. Bueno, tanto tiempo, quizás no, pero hora y media seguro que sí.
 
- Oye, aquella rubia, ¿no es la que estuvo con nosotros en clase? Esa que nos ponía tan cachondos? ¿Eva, María, o Luisa? No me acuerdo de su nombre.
 
Mi amigo Rafa no se acordaba del dichoso nombre. Ni yo tampoco. En eso coincidimos. Tenemos esa curiosa costumbre de no acordarnos de los nombres de las mujeres que nunca nos hemos tirado. Jamás he conocido una vida sentimental tan desmemoriada como la nuestra.
 
- Pues tú deberías saberlo. Estabas loco por ella, y pensabas que te la ibas a ligar, me decía.
 
Maravilloso. No hay nada mejor que te recuerden tu pasado y te toquen las pelotas al mismo tiempo. Pero sus palabras se las llevaba el aire. Yo tenía suficiente con observarla. Si se quiere OBSERVAR, con mayúsculas, no se puede hacer otra cosa. Como mucho, respirar, y porque es necesario, ¡qué si no! Pelo largo y rizado a volumen total, piernas delgadas y estilizadas, 80 de pecho, cintura de avispa en posición de picotazo, piel tersa y suave de anuncio televisivo, y ojos castaños de intenso fuego incombustible. ¡No está mal! Y a continuación entro en el servicio. Me miro en el espejo. ¿Y qué veo? Un tipo de unos treintaidós que aparenta cuarenta y cuatro, pelo negro, corto y tímido (o sea, medio calvo), barba "che guevara" de "mírame y no me toques", y desazón psico-sexual de cuatro locos juntos esperando su medicación en el Sanatorio Mental mientras rozan el orgasmo al tiempo que una enfermera gorda y fea de unos sesenta les da su pastillita matinal. ¡Bien, no está mal! ¡Pero no es justo! Ella, Eva, Sara, Juana, o como se llame, estaba con nosotros en clase. Creo que era un año más pequeña, o dos a lo sumo. Y la ves ahí, ondulándose su pelo, ajustándose sus pantalones y hurgando en su monedero, con una frescura de una chica de dieciocho. Con ese aire falsamente modoso de quien se sabe atractivo. Y por supuesto, rodeada de guapos y guapas. Todos felizmente hermoseando el lugar, dándole un toque de divinidad; y eso se nota en el ambiente. Cuando pasas junto a un grupillo así, huele. Huele de veras. Huele a magia, a placer, a "este es un mundo genial". Y les ves a ellos, aspirando el aire a través de esos perfectos agujerillos sin pelos que La Naturaleza les ha regalado. Y luego pasa un individuo como yo, y se vuelven, y giran la cabeza hacia todos los lados, oliendo, transmitiendo ese "¿No te da un poco de olor a perdedor gordo feo y divorciado?"." Sí, sí. Y además es un olor crónico". Y en esos momentos, cuando te miran, no tienes más remedio que bajar la cabeza, y buscar con afán el aroma de los que apestan como tú, esos que nunca te van a decir nada, precisamente por eso, porque apestan como tú. "¿No sabes que me he comprado un coche?". "¿No me digas, cuál?". "El último modelo, el que trae antena parabólica y una pequeña nevera para el champaigne". "Pues ese lo tiene mi padre, y no veas cómo mola". Y se compran ordenadores (lo último, claro), y se gastan cuarenta papeles en lo último en gafas de sol, y lo último en ropa, y lo último en zapatos italianos. Son lo último de lo último, la crem de la crem, la guinda del pastel. Se exhiben, se adulan, se recrean en su existencia, y hacen de su estupidez una playa tropical con enormes palmeras y cocoteros a medio metro del suelo. SON ... LOS GUAPOS. Tiernos, encantadores, jóvenes, vitales, bendecidos. Y ellos nos meten prisa, mientras les tendemos la bonita y costosa alfombra roja. Se suben, pasean, y desfilan. ¡Bienvenidos todos a la vida, la pasarela de los guapos! ¡Pasen y vean, que empieza el espectáculo!
 
- Entonces, ¿no te acuerdas de ella, que le pasabas los apuntes, y la acompañabas a casa al finalizar las clases, y le ibas a recoger las notas cuando ella no podía, y le reservabas el mejor asiento antes de empezar las clases, y la invitabas a café y croissant con dos tarrinas de mermelada, las dos de fresa? ¿No te acuerdas?
 
Calla, calla, (pienso yo). Claro que me acuerdo, estúpido. Ya sé por qué te dejó tu mujer. Porque tu estupidez es tan inocente como creativa. "Es muy buena gente, y muy noble", le decía yo, intentando que te aguantara y no te abandonara. Pero no lo hizo; no era tan tonta como tú. ¡Claro que me acuerdo! Me acuerdo que se reía de mí, que me hacía creer que lo iba a conseguir, que iba a saborear la victoria. De la misma forma que lo hacen ahora estos malditos caballos. Cuatro mil, cinco mil, seis mil, siete mil... ¡Qué importa! ¿Para qué quiero el dinero? ¿Voy a ser más feliz? ¿Voy a oler como ellos, voy aparentar dieciocho? No. Soy feo, y eso es crónico. Y no tiene remedio. Por lo tanto, juega, estúpido, y no tardes mucho, que tenemos que desenrollar la alfombra roja. Y no me hables más de esa guapa. Porque tú eres como yo. Igual de fracasado, igual de viejo, igual de "¿cuánto queda para que se acabe este infierno de mundo"?, igual de "tú no ligas ni pagando". Pero tú eres feliz. Tienes los caballos, y tienes el Bingo, y tienes las carreras de coches, y eres feliz regando las macetas cada mañana. Porque tú eres tonto, y los tontos no observan; sólo viven. A ti no te da miedo morir, porque no te da miedo vivir. Y si no fueras tan feo, estarías con ellos, oliendo, apestando. Y girarías la cabeza cuando pasara yo. Renegarías de mi amistad. Y te importaría un rábano mi belleza interior. Esa que todo el mundo predica, pero nadie consume. Bueno sí, la consumen los que también son feos. Pero dirías: "lo importante es la belleza interior". Y lo dirías mientras descorchas el champagne de la nevera de tu último coche, ese coche que es lo último. Y no perderías tres mil pelas, sino que irías ganando 33 mil quinientas ahora mismo. Y tú, y tus amigos, podríais comprar otra alfombra. Más grande. Más roja. Y las propinas serían también mayores. ¿Y qué? A mí me queda la belleza interior, la de verdad, la que no apesta, la que no necesita crema, ni bronceado, ni aerobic. La que nadie puede matar, sino que se muere ella sola, de placer. ¡Sí, claro que me acuerdo! Por supuesto que me acuerdo. De cómo movía su espléndido culo. Sí. Que me volvía loco. Sí. Que se aprovechaba de mí. Sí. Que me hundía y me levantaba cuando ella quería. Sí. Que me negaba sus favores, mientras que yo me arrodillaba. Sí. Que decía no cuando tenía que decir sí. Sí. Que me hipnotizaba. Sí. Que la adoraba. Sí. Que me daba cuatro pesetas por duros. Sí. Que yo la quería, que la amaba, que la soñaba, y le hacía el amor en mi cama, aunque estuviese yo solo en la habitación, y que me levantaba una y otra vez sin saber quién era yo. ¡Claro que me acuerdo de ella, imbécil! Pero yo era feo, y ella era guapa. Y ahora yo soy feo, y ella es guapa. Y apesto a hojas secas, a árbol caído, a gladiador vencido, a velas apagadas. Y apesto a gusano que espera y espera, pero nunca se convierte en seda. Y apesto a frío glaciar. A triste avión estrellado. Y mientras, los guapos se ríen y bromean. Y les huelen bien hasta los pedos. Y son listos, y son eternos. Y les pedimos autógrafos. Y nos guiñan un ojo, para que nos creamos que tenemos posibilidades. Tú no te quieres dar cuenta. Pero están ahí. Los Guapos. Divinos y guapos. Buenos y guapos. Jóvenes y guapos. Y una vez al año, se juntan con nosotros. Con los bellamente feos. Con los primeros del batallón, pero últimos a la hora del rancho. Con los que nos oxidamos. Con nosotros. A los que nos crece la barriga. A los que nos salen almorranas en el culo y la barba nos crece a cachos. Y nos quieren las mujeres. Nos quieren para que las acompañemos, y las llevemos al cine, y les dejemos películas de vídeo. Y las adulemos, y las ensalcemos, y las "no sabes cuánto vales" y las "qué guapa eres". Y las entretengamos. Hasta que el guapo aparece. Con sus zapatos italianos. Su gomina en el pelo. Su bronceado ibicenco. Su "hola, ¿qué tal", mientras te da una pequeña palmada en la espalda que te hace daño, mientras besa a su chica, y te guiña un ojo, y te mira un "ya te puedes ir, que es la hora de los guapos". Y tú te montas en la moto. Y te llueve camino a casa. Y pinchas por el camino. Y tu madre te echa la bronca por llegar tarde. Y en ese momento, el guapo y la guapa toman el sol, a las doce de la noche, en el parque de Cánovas. Y él le dice un "no sabes lo que vales", como el tuyo, pero éste con beso. Con beso, imbécil, porque él sabe decirlo, porque él es guapo. Así que ahora, no me cuentes nada de tu ex mujer. Ni de tus vacaciones a China. Porque tú eres feo. Y los feos no viajan. Los feos huyen. Huyen a China, a Grecia o al bar de la esquina. Y cuando vuelvas, huirás a tu casa. Y cuando tengas tiempo, no te olvides de alisarla. Y pásale una aspiradora, y rocíala con ese producto que la queda de puta madre. Y si no te ve nadie, písala, suavemente, con delicadeza. Primero un pie, después el otro. Y levanta la vista. Y mira hacia los demás, a todos lados. Y sonríe, que te están aplaudiendo. Y prepárate, que tienes que firmar autógrafos. Pero una vez se acabe ese rato de gloria, ya sabes: límpiala otra vez. Y pásale de nuevo la aspiradora. Para que no se den cuenta. Que no lo noten. Que se ha subido un hermoso de interior. Pero no te confundas. Porque nuestra vida es muy corta, o muy larga. Y mírate los zapatos. Están viejos, y son horteras. Y huélete el sobaco: apestas. Y tienes pelos en los orificios de las narices. Y llevas tres años sin correrte, al menos dentro de una mujer. Y ahora mismo, se está quitando el sol. Amenaza lluvia. Y estás gordo, como yo. Y corren los caballos. Y no sabemos cuál va a ganar. Date prisa, vete al Baño. Y mírate en el espejo, a ver qué ves. Si te gusta el reflejo, o te deprime. Tranquilo, yo te guardo el sitio. Pero no me sonrías. Ni pretendas ser feliz. Ni aspires a nada. Ni creas en Las Hadas. Porque tú y yo, somos iguales, y estamos en el mismo barco, en la goleta "La Belleza de los Feos", sin rumbo conocido. Pero date prisa, que no nos sobra el tiempo, y hay que quedarla lustrosa. Y tenemos que quitarles esas manchas que afean ese bonito color rojizo. Y por favor, ¡no te tires pedos!, que a ti te huelen. Pero sobre todo, date prisa, estúpido. Que avanza la tarde y empiezan las buenas carreras. Y tanto tú como yo, debemos estar preparados porque aún nos queda mucho que perder. FIN
 

Francisco José Rodríguez Criado Pagina de este autor
MORRISVAN®1998

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