Casi Nada - WebMagazine- Indice septiembre 1998 - Indice General Temático - Páginas Centrales
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   Un día de tilos


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art. de Carina Maguregui
 

Pasó un domingo de 1945 en la ciudad de La Plata, al comienzo de la primavera, cuando los tilos estrenan sus vestidos de hojas y los botones florales preparan la gesta explosiva del verano. 
 

Por aquellos años, como tantos otros, la policía espiaba los sueños. Pocos meses después todo estallaría. Muchos serían presos, muchos serían muertos y los sueños ya no serían. 
 

De este domingo salvado del tiempo, el joven de quien narro la historia conservaría en su mente el vuelo de unas gaviotas sabias, la escollera castigada y el cuerpo de una mujer.  

Era el día "D" en el que la historia sería obligada a cambiar. Agobiaban la Segunda Guerra Mundial, la crisis económica, el fraude. Ya no había pulmón que alcanzara para inhalar el poco oxígeno que el autoritarismo implantado a partir de la revolución de 1943 dejaba esparcido en el aire como limosna. Olía a veneno.  
 

-"La única manera de opacar la pestilencia era aminorando el paso cada vez que caminaba por entre los tilos de la plaza San Martín. Me detenía un instante, inspiraba profundamente y el aroma de los tilos traía consigo lo inasible. La noche lúgubre de la desgracia contrastaba con esa reverberación de ensueño".  
 

Sin duda eran tiempos amargos, duros, sórdidos. Sobre todo para los jóvenes retobones que habían aprendido a respetar los valores esenciales de la democracia. Ellos no concebían el desarrollo del hombre fuera de la libertad, gambeteaban al miedo, miraban a los ojos. 
 

-"Las noticias de la Segunda Guerra Mundial caldeaban aún más el ambiente. El avance arrollador de las fuerzas nazi-fascistas en los primeros años nos amargaba. No podíamos aceptar la derrota de las tropas aliadas, que de alguna manera simbolizaban los principios democráticos. A unas pocas cuadras de la Universidad nos esperaban las pizarras del diario El Argentino para contarnos los últimos acontecimientos".  
 

A pesar de las diferentes tendencias políticas, la gran mayoría de los jóvenes estudiantes eran fervientes partidarios de la democracia y acérrimos defensores de los derechos humanos. 
 

-"El gobierno nos veía a todos como "una manga de bolches". Siempre la misma cantinela. Era de esperarse. Qué podían entender estos tipos si no tenían dos dedos de frente y el único frente que conocían era el frente "march". Los marxistas en nuestra Universidad eran minoría y la mayoría de nosotros detestaba cualquier clase de autoritarismo". 
 

En aquellos años había que ser cuidadoso. Esperaban el tranvía separados, como si no se conocieran demasiado. Al pasar cruzaban algunas palabras sobre fútbol, chicas o cualquier otra cosa que no fuera política. Un día subieron dos hombres vestidos de civil y les dijeron: "Hey, pibes no se hagan los loquitos que somos de la poli y nos tienen que acompañar". ¿Cómo negarse a tan sutil invitación?. Durante una noche miraron la calle desde el calabozo y perdieron de vista a los tilos. 
 

Había conmoción en el ámbito universitario. Sin embargo, fueron horas preciosas y memorables. La actividad de la juventud era la base del cambio revolucionario que debía terminar con la dictadura.  
 

-"Estábamos insatisfechos con la situación del país y nos esforzábamos por cambiar las cosas. Éramos rebeldes, iconoclastas, como los jóvenes que pintaron Goethe, Mann, Joyce, Salinger. Las veces que nos habremos escabullido en esas páginas como Prometeos furtivos para robar un poco de valor, para quemarnos en ese fuego del inconformismo. La noche quebrada era nuestra guarida. En sus surcos y en sus sombras pegábamos los panfletos". 
 

Planeaban tomar la facultad pero debían delinear algunas estrategias. Los "cosacos" sable en mano, así llamaban los jóvenes estudiantes a la policía montada, eran expertos sólo en una cosa: pegar planazos y su "arte" merecía ciertos recaudos. Necesitaban organizarse y para ello había que reunirse.  
 

El domingo, la escenografía de Punta Lara y un asado inocente entre muchachos conjugaban mágicamente la fachada ideal, el momento justo. Las brasas al rojo vivo y la carne a punto. 
 

-"Y el día "D" llegó junto con el picnic de las telefonistas. Las pepitas de oro de La Plata eligieron el mismo lugar que nosotros, aunque nuestros fines -lógicamente- eran muy diferentes. Casi todas estudiantes, trabajaban atendiendo teléfonos en turnos rotativos de dos o tres horas y con los pesitos que recibían de paga costeaban sus estudios. ¡Qué abanico de talles y melenas!". 
 

La algarabía se adueñó del paisaje, las carcajadas empaparon el aire, los gritos encallaron en la costa, los gestos y los aplausos se enlazaron en un romance desprevenido. Fue un inusual día de verano volcánico colado en medio de la exquisita primavera que no se animaba a negarse.  
 

-"¿Qué designio de la providencia nos reunió en aquella playa?. ¿Qué encadenamiento insólito dibujó este eclipse de jóvenes cuerpos desenfadados, alegres, ágiles, exaltados, gozosos, erotizados?". 
 

Guiado por las trazas que dejaban las gaviotas en las nubes, el sendero etéreo lo condujo hasta ella. No era una jovencita. Esta mujer podría ser la que poblaba sus sueños tórridos.  
 

-"La crucé en la escollera, la ví sonreír. Y la espuma que acunaban sus pupilas inquietas tensó el limo. Sentí que los granos de sílice tomaban la forma de poderosas manos de cemento que sujetaban mis pies, puesto que ya no pude alejarme de su lado". 
 

Jadeante como una loba hambrienta buceaba en el halo de calor que la envolvía. Por momentos cedía a los músculos del sol que la forzaban y quedaba desvalida, aplacada. Una vez recuperado el aliento, la criatura turbia vencía la presión, atravesaba la última capa de sopor y volvía a dominar el aire sofocante con su voluptuosidad. Furia de vida. Naturaleza contra naturaleza. La única lucha maravillosa y digna de contemplarse. Y ella, por supuesto, ganaba. Levantaba soplidos, abría remolinos en sus poros, erizaba el vello dorado de los brazos para oponer resistencia. Era una ola femenina desatada contra el poder ígneo del sol. Igual que las aguas de la escollera sobre las que clavaba la oscuridad profunda de sus ojos. Esas olas violentas del río no vacilaban en arrancarle el semblante a las rocas, aplicaban su misma justicia, F. dejaba huérfano de gestos el rostro mismo del sol. 
 

-"Recostado, mirándola, yo era el fugitivo de Bioy robándole el sueño a Morel. Le hablaba de una verdad demasiado fantástica para creerse, pero F. -como Faustine, ¿una romántica coincidencia?- escuchaba sin pestañear. Sus senos prominentes me anunciaban placeres que ni en sueños había experimentado". 
 

Sus palabras la transportaban bajo los tilos, los mismos que ella nunca imaginó de esa manera. Cómo iba a imaginarlos si los llevaba arropados en un llanto inconcluso. Él jamás pudo definir el aroma de aquellos árboles que lo hechizaban, tal vez, una mezcla noble de albahaca y miel guardaba fidelidad a esa estela que el calor arrancaba de F. en forma de sudor. Ahora lo sabía, el tilo era mujer. 
 

-"Ella me preguntó cómo es que siendo tan joven hablaba como un hombre. Le respondí que así era la vida. En realidad había aprendido a enamorarme en los libros, ellos gestaron y dieron a luz un pequeño Cyrano interior que me soplaba las palabras mágicas. Y en ese segundo infinito me enamoré de ella. Era la viva imagen de la libertad, de la emoción trémula que cuando apenas sentimos vibrar en las manos se nos escurre entre los dedos. ¡Pero cómo cuaja, de qué manera graba el alma!". El joven osado intentó robarle una cita. El lunes a las ocho de la noche entre la 7 y la 50. Ella le mostró su anillo de compromiso y él repitió la hora y el lugar.  
 

El lunes, la habitación de Neri, el paraguayo, estaba preparada. En la pensión de estudiantes donde se alojaban los chicos de Azul no se podía entrar con mujeres y él todavía vivía con su familia y precisaba un lugar para llevarla. Pero los muchachos acostumbraban a hacer estas gauchadas, encargándose de los arreglos necesarios. 
 

-"Llegué a las ocho menos cuarto. Llevaba puesto mi primer sombrero, de color verde oliva. La esperé con impaciencia mientras revoloteaba entre los dos faroles de la esquina. Empalidecí a las baldosas de tanto caminarlas. Tenía que venir. No me podía fallar. A las ocho menos un minuto la ví acercarse por la 6. La garganta se me secó". 
 

En la habitación, derramados entre las sábanas humildes, listo a recibirla, atenta a recibirlo, ella lo acogió. Y fue F. quien reveló para él los secretos del amor total en ese encuentro clandestino. Deslumbramiento, fascinación, éxtasis, son palabras pobres. No había recuerdo ni más allá posible. Sólo el aroma de la hora en que fueron uno. 
 

Y en un instante inagotable nació de ellos la imagen de armonía perfecta que lo acompañaría hasta el final de su vida. Él no sabía si inventaba o si era presa de la fiebre. De todas maneras no tenía ninguna importancia. Podía quedarse y emocionarse fundido en ella aunque supiera que al otro día derribarían todos los tilos de la plaza. 
 

Carina Maguregui <magur001@yahoo.com> 

 

 
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