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Pasó
un domingo de 1945 en la ciudad de La Plata, al comienzo de la primavera,
cuando los tilos estrenan sus vestidos de hojas y los botones florales
preparan la gesta explosiva del verano.
Por aquellos años, como tantos otros,
la policía espiaba los sueños. Pocos meses después
todo estallaría. Muchos serían presos, muchos serían
muertos y los sueños ya no serían.
De este domingo salvado del tiempo, el
joven de quien narro la historia conservaría en su mente el vuelo
de unas gaviotas sabias, la escollera castigada y el cuerpo de una mujer.
Era el día "D" en el que la historia
sería obligada a cambiar. Agobiaban la Segunda Guerra Mundial, la
crisis económica, el fraude. Ya no había pulmón que
alcanzara para inhalar el poco oxígeno que el autoritarismo implantado
a partir de la revolución de 1943 dejaba esparcido en el aire como
limosna. Olía a veneno.
-"La única manera de opacar la pestilencia
era aminorando el paso cada vez que caminaba por entre los tilos de la
plaza San Martín. Me detenía un instante, inspiraba profundamente
y el aroma de los tilos traía consigo lo inasible. La noche lúgubre
de la desgracia contrastaba con esa reverberación de ensueño".
Sin duda eran tiempos amargos, duros, sórdidos.
Sobre todo para los jóvenes retobones que habían aprendido
a respetar los valores esenciales de la democracia. Ellos no concebían
el desarrollo del hombre fuera de la libertad, gambeteaban al miedo, miraban
a los ojos.
-"Las noticias de la Segunda Guerra Mundial
caldeaban aún más el ambiente. El avance arrollador de las
fuerzas nazi-fascistas en los primeros años nos amargaba. No podíamos
aceptar la derrota de las tropas aliadas, que de alguna manera simbolizaban
los principios democráticos. A unas pocas cuadras de la Universidad
nos esperaban las pizarras del diario El Argentino para contarnos los últimos
acontecimientos".
A pesar de las diferentes tendencias políticas,
la gran mayoría de los jóvenes estudiantes eran fervientes
partidarios de la democracia y acérrimos defensores de los derechos
humanos.
-"El gobierno nos veía a todos como
"una manga de bolches". Siempre la misma cantinela. Era de esperarse. Qué
podían entender estos tipos si no tenían dos dedos de frente
y el único frente que conocían era el frente "march". Los
marxistas en nuestra Universidad eran minoría y la mayoría
de nosotros detestaba cualquier clase de autoritarismo".
En aquellos años había que
ser cuidadoso. Esperaban el tranvía separados, como si no se conocieran
demasiado. Al pasar cruzaban algunas palabras sobre fútbol, chicas
o cualquier otra cosa que no fuera política. Un día subieron
dos hombres vestidos de civil y les dijeron: "Hey, pibes no se hagan los
loquitos que somos de la poli y nos tienen que acompañar". ¿Cómo
negarse a tan sutil invitación?. Durante una noche miraron la calle
desde el calabozo y perdieron de vista a los tilos.
Había conmoción en el ámbito
universitario. Sin embargo, fueron horas preciosas y memorables. La actividad
de la juventud era la base del cambio revolucionario que debía terminar
con la dictadura.
-"Estábamos insatisfechos con la
situación del país y nos esforzábamos por cambiar
las cosas. Éramos rebeldes, iconoclastas, como los jóvenes
que pintaron Goethe, Mann, Joyce, Salinger. Las veces que nos habremos
escabullido en esas páginas como Prometeos furtivos para robar un
poco de valor, para quemarnos en ese fuego del inconformismo. La noche
quebrada era nuestra guarida. En sus surcos y en sus sombras pegábamos
los panfletos".
Planeaban tomar la facultad pero debían
delinear algunas estrategias. Los "cosacos" sable en mano, así llamaban
los jóvenes estudiantes a la policía montada, eran expertos
sólo en una cosa: pegar planazos y su "arte" merecía ciertos
recaudos. Necesitaban organizarse y para ello había que reunirse.
El domingo, la escenografía de Punta
Lara y un asado inocente entre muchachos conjugaban mágicamente
la fachada ideal, el momento justo. Las brasas al rojo vivo y la carne
a punto.
-"Y el día "D" llegó junto
con el picnic de las telefonistas. Las pepitas de oro de La Plata eligieron
el mismo lugar que nosotros, aunque nuestros fines -lógicamente-
eran muy diferentes. Casi todas estudiantes, trabajaban atendiendo teléfonos
en turnos rotativos de dos o tres horas y con los pesitos que recibían
de paga costeaban sus estudios. ¡Qué abanico de talles y melenas!".
La algarabía se adueñó
del paisaje, las carcajadas empaparon el aire, los gritos encallaron en
la costa, los gestos y los aplausos se enlazaron en un romance desprevenido.
Fue un inusual día de verano volcánico colado en medio de
la exquisita primavera que no se animaba a negarse.
-"¿Qué designio de la providencia
nos reunió en aquella playa?. ¿Qué encadenamiento
insólito dibujó este eclipse de jóvenes cuerpos desenfadados,
alegres, ágiles, exaltados, gozosos, erotizados?".
Guiado por las trazas que dejaban las gaviotas
en las nubes, el sendero etéreo lo condujo hasta ella. No era una
jovencita. Esta mujer podría ser la que poblaba sus sueños
tórridos.
-"La crucé en la escollera, la ví
sonreír. Y la espuma que acunaban sus pupilas inquietas tensó
el limo. Sentí que los granos de sílice tomaban la forma
de poderosas manos de cemento que sujetaban mis pies, puesto que ya no
pude alejarme de su lado".
Jadeante como una loba hambrienta buceaba
en el halo de calor que la envolvía. Por momentos cedía a
los músculos del sol que la forzaban y quedaba desvalida, aplacada.
Una vez recuperado el aliento, la criatura turbia vencía la presión,
atravesaba la última capa de sopor y volvía a dominar el
aire sofocante con su voluptuosidad. Furia de vida. Naturaleza contra naturaleza.
La única lucha maravillosa y digna de contemplarse. Y ella, por
supuesto, ganaba. Levantaba soplidos, abría remolinos en sus poros,
erizaba el vello dorado de los brazos para oponer resistencia. Era una
ola femenina desatada contra el poder ígneo del sol. Igual que las
aguas de la escollera sobre las que clavaba la oscuridad profunda de sus
ojos. Esas olas violentas del río no vacilaban en arrancarle el
semblante a las rocas, aplicaban su misma justicia, F. dejaba huérfano
de gestos el rostro mismo del sol.
-"Recostado, mirándola, yo era el
fugitivo de Bioy robándole el sueño a Morel. Le hablaba de
una verdad demasiado fantástica para creerse, pero F. -como Faustine,
¿una romántica coincidencia?- escuchaba sin pestañear.
Sus senos prominentes me anunciaban placeres que ni en sueños había
experimentado".
Sus palabras la transportaban bajo los
tilos, los mismos que ella nunca imaginó de esa manera. Cómo
iba a imaginarlos si los llevaba arropados en un llanto inconcluso. Él
jamás pudo definir el aroma de aquellos árboles que lo hechizaban,
tal vez, una mezcla noble de albahaca y miel guardaba fidelidad a esa estela
que el calor arrancaba de F. en forma de sudor. Ahora lo sabía,
el tilo era mujer.
-"Ella me preguntó cómo es
que siendo tan joven hablaba como un hombre. Le respondí que así
era la vida. En realidad había aprendido a enamorarme en los libros,
ellos gestaron y dieron a luz un pequeño Cyrano interior que me
soplaba las palabras mágicas. Y en ese segundo infinito me enamoré
de ella. Era la viva imagen de la libertad, de la emoción trémula
que cuando apenas sentimos vibrar en las manos se nos escurre entre los
dedos. ¡Pero cómo cuaja, de qué manera graba el alma!".
El joven osado intentó robarle una cita. El lunes a las ocho de
la noche entre la 7 y la 50. Ella le mostró su anillo de compromiso
y él repitió la hora y el lugar.
El lunes, la habitación de Neri,
el paraguayo, estaba preparada. En la pensión de estudiantes donde
se alojaban los chicos de Azul no se podía entrar con mujeres y
él todavía vivía con su familia y precisaba un lugar
para llevarla. Pero los muchachos acostumbraban a hacer estas gauchadas,
encargándose de los arreglos necesarios.
-"Llegué a las ocho menos cuarto.
Llevaba puesto mi primer sombrero, de color verde oliva. La esperé
con impaciencia mientras revoloteaba entre los dos faroles de la esquina.
Empalidecí a las baldosas de tanto caminarlas. Tenía que
venir. No me podía fallar. A las ocho menos un minuto la ví
acercarse por la 6. La garganta se me secó".
En la habitación, derramados entre
las sábanas humildes, listo a recibirla, atenta a recibirlo, ella
lo acogió. Y fue F. quien reveló para él los secretos
del amor total en ese encuentro clandestino. Deslumbramiento, fascinación,
éxtasis, son palabras pobres. No había recuerdo ni más
allá posible. Sólo el aroma de la hora en que fueron uno.
Y en un instante inagotable nació
de ellos la imagen de armonía perfecta que lo acompañaría
hasta el final de su vida. Él no sabía si inventaba o si
era presa de la fiebre. De todas maneras no tenía ninguna importancia.
Podía quedarse y emocionarse fundido en ella aunque supiera que
al otro día derribarían todos los tilos de la plaza.
Carina Maguregui <magur001@yahoo.com>
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