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  Hacia una crítica de la razón lingüística 
 
 
 
Otros artículos y algunos datos sobre Fernando Báez
 
 
 
"Suenan como animales de oro las palabras" 
(Juan Sánchez Peláez) 

Y es el lenguaje, claro. Como autobiografía plena del ser, por ejemplo. Como destino, coartada, maldición, revelación, encuentro. Como relación natural o arbitraria. Es esto: ser debería entenderse como ser dicho. Un poco lo que ha escrito Heidegger: "El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre". ¿El lenguaje como casa? También como orilla, vértigo, intemperie, divinidad. En el evangelio de Juan, Dios es el verbo y el principio; lo es porque somos el adverbio y el fin. Entender al hombre es traducirlo. La historia se hace trascendente por y en el lenguaje. Cada acto reclama su palabra. 

W. W. Urban exageró y acertó (el filósofo que no exagera reitera sus provincias mentales) al escribir: "El lenguaje es el último y el más profundo problema del pensamiento filosófico". Tal vez no es el último (¿el último con relación a qué?) ni el más profundo (¿desde cuál altura?), pero ha ingresado (bajo el signo de las llamadas "terceras categorías", en palabras de Jürgen Habermas) a la filosofía con el pasaporte de un idealismo transformado, legitimado, correspondido en una promesa de ruptura o identificación plena. De este modo y de otros, la filosofía actual ha venido, lentamente, acondicionando el terreno y desde hace algunos años el lenguaje es el hilo de Ariadna que ha permitido al filósofo conservar intacta su búsqueda dentro de un laberinto que fue, es y seguirá siendo el mismo contra toda demarcación o ataque de Minotauros como el silencio o la muerte. La búsqueda filosófica se nos da en el lenguaje por la misma razón que la razón se estructura sólo como lenguaje. 

Aún hay más: el lenguaje encuentra a la razón donde ésta juraría no haber estado nunca. La encuentra: se encuentra. El gran alcance de la propuesta de Ludwig Wittgenstein no es otro que haber reconocido, como Kant con relación a la metafísica de su tiempo, esta proximidad y determinar a partir de ello que el filósofo se extravía en el pensamiento más genuino cuando ignora la crítica del lenguaje, medrando alrededor de infinitas proposiciones sin sentido. De la metafísica a la gramática. No resulta fácil, pero todo lenguaje es racional en la medida en que todo lo racional es lenguaje. 

¿Casa del ser? Para la filosofía, el lenguaje ilumina, hasta encender en llamas, la relación entre sujeto y mundo. Dentro de esta ontología, la casa es lo de menos: el lenguaje es, para decirlo mejor, la nacionalidad del ser y, por no inspirar menos, la república inmediata donde el hombre se particulariza. Y el resto es silencio. 


  

Debo al poeta Carlos Danez la lectura de "La conciencia lingüística de la filosofía" (1997, Fundación Marcelo Botín) de Carlos Nieto Blanco, libro que ha propiciado las anteriores observaciones y estimulado la preparación de este pequeño ensayo que no pretende otra cosa que hacer públicas una serie de observaciones anticipadas surgidas en torno a la aguda reflexión de este filósofo español, también autor de dos singulares textos como lo son "La filosofía en la encrucijada. Perfiles del pensamiento de José Ferrater Mora" (1985) y "Freud. La cuestión del análisis profano" (1988). Lo que me interesa, para decirlo de una vez, es esto: a pesar de un estilo monográfico internacional homogéneo que ya he notado en numerosos pensadores de lengua castellana, Nieto Blanco retoma las directrices de un pensamiento contemporáneo de altura y logra desarrollar y probar que lo que se ha llamado el "giro lingüístico" de la filosofía actual (información contundente que procede nada menos que de Richard Rorty en "The linguistic turn", volumen colectivo de 1967), es decir, la influencia central que ha venido a cobrar el lenguaje en la discusión filosófica, impone la constitución o redefinición crítica de la razón en base a una premisa lingüística: la estructura del conocimiento es el lenguaje, la condición de la razón es el lenguaje. La razón lingüística supone al lenguaje como principio y fin de toda reflexión. 

Dividido en tres partes, su libro recorre inicialmente la historia de la filosofía a la caza de pensadores dedicados al tema del lenguaje (Platón, Aristóteles, Kant, Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger, los neopragmatistas, Russell, Ayer, Apel, Gadamer, Vattimo, Habermas, etc) y la historia de la lingüística (Humboldt, Saussure, Chomsky, Morris); por último, y en tres densos capítulos, intensifica una acuciosa referencia teórica que elabora lo que define como crítica de la razón lingüística y que concluye de modo aforístico: "El lenguaje en manos de la filosofía es una ventana que se ve a sí misma" (Op. cit., p. 345). 

En esto, y en otros sentidos, Nieto Blanco continúa una tradición bien fundamentada de la filosofía española. Hablo de la vertiente de Ferrater Mora y Victoria Camps. Pero más que nada de la de Emilio Lledó. Sospecho que una frase de este último (en "Filosofía y Lenguaje", 1970) es el origen de "La conciencia lingüística de la filosofía". Dice así: "Si la segunda mitad del siglo pasado significa en filosofía el despertar de la conciencia histórica, la segunda mitad de nuestro siglo XX va a significar el despertar de la conciencia lingüística". El audaz intento de Nieto Blanco apunta a fundamentar lo que era hasta ahora postulación a medias. 

No quiero ni debo terminar sin referirme a dos lamentables ausencias del libro de Nieto: el pensamiento presocrático y el de Fritz Mauthner, pensador alemán que él menciona casi por un compromiso erudito. Lo que Platón desarrolló en el "Cratilo" es original porque ratifica un pensamiento común de la época. Detrás de Platón estaba Heráclito y su "logos" como base fundamental de comprensión y es una lástima no aprovechar sus consecuencias. Ignorar a Mauthner es grave, sobre todo si se considera que fue uno de los primeros en introducir, en verdad, los aspectos que rehabilitaron el lenguaje dentro de cualquier postura filosófica. Sostuvo, a principios de siglo, que el lenguaje es el gran problema que quedaba por discutir con profundidad y así lo probó en extraordinarios volúmenes ("Sprachkritik", "Diccionario de filosofía") que influyeron a lo largo del tiempo en filólogos y escritores, principalmente en Jorge Luis Borges. No obstante, y a modo de comentario final, deseo insistir en una obstinada, fervorosa y cercana invitación a leer "La conciencia lingüística de la filosofía". Un libro no puede ser juzgado por sus ausencias; sino por las convicciones fulminantes que despierta en su lector. Y no hay duda de que Carlos Nieto Blanco lo logra en su ensayo en no pocas páginas. En la vía hacia la crítica de la razón lingüística, él ha puesto y apostado más que muchos que así lo hacen creer. 
  

Fernando Báez  

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