He
iniciado el año con la mudanza de mi biblioteca a un nuevo
estudio. La razón me la reservo, pero no sus consecuencias: este
hecho cotidiano, rutinario, pesado, me sirvió de pretexto para hojear
los libros y dedicar la mayor parte del tiempo a examinar cada obra hasta
el punto de restablecer, inexplicablemente, esa relación misteriosa,
ceñida, supersticiosa, que alguna vez tuve con determinados autores.
Cualquier cosa ha resultado propicia: unas páginas subrayadas, vagos
y absurdos comentarios a pie de página, erratas inútilmente
corregidas, pasajes tachados, lomos sucios a fuerza de uso, en fin. Entre
otras cosas, la nostalgia me ha impedido ordenar los libros y todavía
yacen apilados en altas columnas y en cajas antiguas: no puedo dejar de
pensar que se trata de una biblioteca muy especial, y no porque sus volúmenes
sean extraños o excepcionales (tal vez sí esto último)
sino porque la heredé de mi padre y éste del suyo. Es posible
que la "Ilíada" de Homero, en versión de Gómez
de Hermosilla, impresa en Madrid en 1831 a doble columna con letra mínima,
haya sido leída por mi abuelo y tenerla en mis manos, ahora, supone
todo un acontecimiento íntimo. Sospecho que el arreglo del estudio
tendrá que esperar algunos meses. O años. Me aguardan cientos
de buenos motivos y un par de ensayos breves que, como este, dan cuenta
fiel de una pasión nunca desmentida.
Leo, y no está mal decirlo de una vez
y en el mismo tono personal con que he iniciado estas líneas, desde
que tengo memoria. Leo porque me resulta mejor que no hacerlo. Leo porque
no puedo no leer. Leo por hábito, lo que es censurable y poco inocente.
Leo, incluso, porque cada buena lectura me ha dado motivos más fuertes
para continuar haciéndolo. Leo sin atender a manuales, ficheros,
guías, selecciones críticas como las de Harold Bloom, etiquetas
de "clásicos", recomendaciones de fin de semana. Me interesan demasiado
los libros como para orientarme por intermediarios y si lo he hecho, la
decepción ha respaldado mi escepticismo ulteriormente. No creo en
esas listas de "Los cien mejores libros". No logro, en verdad, asimilarlas.
Siempre noto que hay que agregar alguno que descubro a última hora.
Como lo dice Hesse con toda la claridad del mundo: "para cada individuo
existe una selección especial de los libros que le son afines y
comprensibles, queridos y valiosos...". Por lo general, esto es ignorado
por quienes promueven campañas para crear el hábito de la
lectura: disponen de altos presupuestos y bajas ideas, por lo que someten
a niños a textos demasiado necios y pueriles en el mal sentido de
la palabra o extremadamente complejos. O un cuento insulso o "Madame Bovary"
de Flaubert. No soy sociólogo ni psicólogo, mucho menos profesor
de literatura, pero como escritor puedo confesar que hay que dejar que
la chispa surja. Los libros no deben llegar a los niños; los niños
deben llegar a los libros. Por curiosidad, por placer, por interés
especial, porque sí. Y en este sentido no hay claves, no hay leyes.
El placer de la lectura no se decreta: se despierta. No se determina: al
igual que la vocación, es un asunto de fe. No estoy de acuerdo con
valorar a los hombres por sus lecturas: no es inteligente pretender que
quien lee es superior a quien no la hace ni corroborar ese mito con programas
escolares fútiles y pedantes. El afecto por los libros es un privilegio
que pertenece a los dominios de la mística. Una biblioteca bien
dotada en la escuela, la publicidad televisiva o radial más costosa,
no tiene a menudo el poder del comentario frugal de un amigo o el encuentro
directo, ocasional, inédito, con una historia maravillosa y puntual.
Lo mejor será siempre no leer demasiado.
Ya Schopenhauer, que pedía que leyeran sus libros dos o tres veces
seguidas, en sus excéntricos "Opúsculos" había encontrado
que "cuanto más lee, menos huellas de lo leído quedan
en el espíritu; es como una pizarra sobre la cual están escritas
muchas cosas las unas sobre las otras. Así no se llega a asimilar,
y no se consigue el apropio de lo leído...". Como no se trata
de una proeza destinada a causar perplejidad en los demás ni de
cumplir con un programa estadístico, es fundamental que al igual
que tenemos pocos amigos y muchas amistades evitemos el prurito de leer
crasamente. Esto sólo conduce a la pedantería, a la conversación
y escritura fatigosa, referencial, nada espontánea. Recuerdo, y
no sé por qué, a un escritor en ciernes que me confesó
que leía unos ocho libros por semana, lo que nos da treinta y dos
por mes y trescientos ochenta y cuatro por año. Como disculpa, citaba
los antecedentes de Samuel Johnson, dotado de una facultad que le permitía
ir a los párrafos centrales de un libro eludiendo así el
resto de las páginas por lo que pudo leer miles de textos; también
citaba a Menéndez Y Pelayo, de quien se dice que leía centenares
de libros hojeándolos. Yo, no temo manifestarlo, no podría
nunca hacer lo mismo: hay años en que leo sólo ocho libros
por año y menos: procuro disfrutar y asumir con todos los sentidos
cada obra que cae en mis manos, sobre todo si su autor es un verdadero
creador y no el repetidor de un modelo o un mero divulgador de simplezas
con alto índice de ventas. Durante unos nueve meses, por decir,
me dediqué en cuerpo y alma a leer a Plutarco. Fue, posiblemente,
un período insuficiente, pero conseguí lo que quería
como lector: lograr, a través del gran biógrafo y tratadista
de la época imperial, establecer una relación más
cercana con la antigüedad greco-romana. Además, lo leí
en griego, lo cual aumentó el disfrute. Y he aquí otro aspecto
esencial: si es posible y la voluntad lo permite, hay que buscar a cada
autor en su lengua original. Hay que intentarlo. Hay que aprender un idioma
para leer a un escritor si se lo aprecia de veras. José Manuel Briceño
Guerrero un buen día declaró a la prensa que quien busca
a un creador en su lengua materna se busca a sí mismo en las raíces
más profundas de la cultura. Stendhal, no cabe duda, sobrevivirá
a las traducciones, pero el placer de leerlo en francés es inefable.
Todo puede suceder en ese tipo de lectura cercana. Con respecto a un poeta,
o se lo lee en original o se lo deslee en una versión que, no obstante
la ardua labor y el talento del traductor, irá en menoscabo del
poeta.
Leer en voz alta o en voz baja, de pie o sentado,
o en cuclillas o tendido en un sofá o cama, de día o de noche,
acompañado o solo, nada de esto interesa. Si se lee bien y si el
libro es excelente, lo demás queda justificado. El fervor, los tics
y las impredecibles manías, no justifican mayor consideración.
Entre las singulares categorías de lector que se han dado, agotando
ya la discusión sobre el particular, suele obviarse que existe el
lector supersticioso: no atiende al placer o a las revelaciones espirituales
de un libro sino a las circunstancias que rodean la lectura. Cree que hay
libros que son talismanes y también que hay obras que provocan mala
suerte en su dueño. Llega hasta el punto de abandonarlo en un closet,
en una caja, lo arroja a la basura, desconfía y lo quema. Meras
necedades. Los únicos textos que pudieran definirse como pavosos
son los malos, por el tiempo que nos hacen perder. Quevedo, en el prólogo
a "Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos",
pide a Dios que guarde al lector "del mal libro, de alguaciles y de
mujer rubia, pedigüeña y carirredonda". De ahí que
Borges recomendara, con toda la autoridad de sus estupendas lecturas, que
nadie se demore en un libro que no cause ninguna sensación de felicidad
o conocimiento. Que su autor sea Goethe o Víctor Hugo es irrelevante:
no es improbable que un escritor poco conocido nos depare sorpresas más
gratas en cada página y ése es el que debe ser leído.
O releído. La relectura, y viene muy ajustado el comentario, es
la que hace al gran lector: Avicena tuvo que revisar cuarenta veces la
"Metafísica" de Aristóteles antes de captar el verdadero
sentido de la obra. De García Bacca se cuenta que no pasaba año
sin leer íntegramente a Platón, a quien tradujo. George Chapman
recomendaba releer a Homero y descuidar al resto de los poetas. Edmund
Gosse, en "Father and son" (1907), feliz autobiografía, insistía
en que Virgilio hizo su vida tras intensas relecturas. Hay más,
pero lo que interesa aquí es insistir en que enamorarse de un texto
es aceptar su descubrimiento permanente y la eterna puesta a prueba de
su valor. El clásico indiscutible, exacto, pródigo, es el
que se crece en una segunda o tercera lectura. Italo Calvino ha escrito
con acierto que "los clásicos son esos libros de los cuales se
suele decir «estoy releyendo» y nunca «estoy leyendo»....".
Los detalles se paladean, lo mismo que las frases o situaciones. Releer
es revivir el encanto de leer; reencontrar la escondida senda por donde
han ido los pocos lectores que en el mundo han sido. Una minoría
tan superlativa que Walter Raleigh pensó (Cartas)
que para cada época hay nada más que dos o tres lectores
verdaderos.
No creo que sea posible responder con justeza,
unanimidad o precisión por qué leer o por qué no hacerlo.
La definición más completa está destinada a ser irrefutable
e inútil. Quienes ya leen no la necesitan y quienes no lo hacen
no buscan definiciones sino libros que los convenzan de modo fulminante.
El dilema, simplemente, está ahí, como una esfinge. Si no
estoy del todo equivocado y mi respuesta no se pierde en medio de la inflación
conceptual de estos años, diría que bien vale la pena leer
porque de lo contrario se expone uno a perder la más secreta y fascinante
dimensión inducida de la cultura humana. La de la imaginación
y la memoria. Y eso no es poco.
Fernando Báez <baez@rector.ula.ve>
Mérida (Venezuela) junio de 1989
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