| BUDISMO EN IMÁGENES
KUNDUN De Martin Scorsese |
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Ya sabemos que no existe ninguna clase de crítica o comentario que no sea simultáneamente un resumen de los valores y mentalidad del crítico. O con otras palabras, no existe una objetividad matemática en el análisis de la obra ajena. Así que, no creo que mi comentario describa una verdad absoluta; a lo que aspiro es, solamente, a sugerir a otras personas aspectos o hechos en que pensar cuando se percibe la obra en cuestión. He visto Kundun... y me ha gustado.
Dado mi interés por el Budismo en general y por la figura del XIV
Dalai Lama en particular, era una cita obligada la visión de esta
película. Pero tenía mis dudas, por eso fui a verla con algunos
reparos (o prejuicios), lo reconozco. Es muy difícil describir una
religión que para la mayoría de los occidentales es absurdamente
extraña; y sin comprender (o entender ligeramente) ésta,
la historia que la película narra resulta ininteligible. Como cuando
se miran las láminas de un antiguo texto cuyo idioma resulta desconocido.
La historia contemporánea del Tíbet
(me refiero a partir de la invasión china) es la historia de muchos
pueblos pequeños, y sigue siendo la realidad que la televisión
nos muestra como el pan de cada día. Son las constantes de siempre:
pueblo pequeño, encerrado en su propia cultura, sin aspiraciones
imperialistas... pero con vecinos poderosos y sometidos a una dinámica
política-cultural-económica de expansión continua.
Los tibetanos tuvieron mala suerte por tener a China como vecinos, y tuvieron
mala suerte porque en los años 50 las potencias occidentales tenían
otras cosas en que ocuparse. Así que pasó lo que tenía
que pasar: de país independiente a región sometida colonialmente,
con su cultura negada, sus templos arrasados y el advenimiento de grandes
contingentes de campesinos chinos importados a presión para "chinizar"
una región hostil al comunismo e indiferente a los valores del siglo
XX.
Sin embargo no toda historia se repite.
Aquí sucedió algo muy distinto, dentro de la "normalidad"
del exilio, el desarraigo y el desamparo a que se vio sometido el pueblo
tibetano. A partir de su enclave en India, se repartieron por muchas partes
del mundo occidental y convirtieron su exilio en una nueva forma de difundir
su versión del budismo, del dharma. Se crearon monasterios de budismo
vajrayana (la versión tibetana del "mahayana") en Estados Unidos,
América Latina y Europa. Se asentaron en California, Escocia, el
mediodía francés y en la España mediterránea.
Son los impulsores de una gran corriente de espiritualidad que sin ninguna
prisa, pero sin desmayos, ha ido difundiéndose lentamente por países
que nunca tuvieron ni tradición budista ni de ninguna otra clase
de religión, excepto la cristiana.
La aparente "explosión" actual (libros,
películas, y declaraciones de personajes famosos) no es tal. Primero
porque sigue siendo abrumadoramente minoritaria (lo cual no quita ni un
ápice de su interés o importancia); y segundo porque hay
muchísimo "trabajo" por debajo de estas cosas que llegan a la opinión
pública. El que escribe estas líneas tuvo oportunidad de
conversar, hace ya años, con sencillos monjes tibetanos que aquí,
en España, viven y ayudan a nuestros compatriotas con su manera
de pensar... y sobre todo de vivir. Nunca hicieron (por lo que pude observar)
"misión" del estilo a que estamos acostumbrados los occidentales.
Simplemente se limitaron a instalarse, a vivir su religión y a dejar
que los que comparten o se interesan por esa forma de pensar y sentir,
estuvieran con ellos. Puedo deducir que esa política ha sido general,
y mis referencias de otros países coinciden con esta hipótesis.
El budismo se extiende por la fuerza del ejemplo, y por los resultados
que produce en aquellos que lo abrazan. No por ir de puerta en puerta predicando,
ni por apelar a la gracia de los poderosos.
Si mi testimonio tiene algún valor,
tengo que decir que no me considero budista, en el sentido de "practicante",
aunque admiro su filosofía y manera de vivir y convivir. Así
que no escribo desde el seno de una fe, sino desde la postura de un investigador
"no comprometido" aunque siempre dispuesto a reconocer lo valioso allí
donde lo vea y pertenezca a quien pertenezca.
Por todo ello fui a ver la película
con prejuicios. Me parecía muy difícil obtener un producto
que fuera interesante y a la vez veraz. La verdad suele ser demasiado compleja
para sintetizarla en unas pocas imágenes y diálogos.
Y comprobé que Martín Scorsese
lo había logrado. Naturalmente que no ha explicado todo lo que ha
sucedido, pero ha encontrado un equilibrio muy digno de elogio entre la
enredada trama de hechos, valores y personas con la necesidad añadida
de no aburrir al espectador con un discurso académico o erudito.
Sin embargo el comentario
de Juan Carlos Rivas Fraile me confirma en que no se puede decir todo
en una película; y ni siquiera lo que se dice puede ser entendido.
Dejemos el plano de las imágenes, excelentes sin ninguna duda, y
que no creo ofrezcan un flanco abierto a la crítica. Siempre se
puede decir que uno se aburre... pero en principio cualquier obra de arte
aburre, a quien no le interesa. Además el "aburrimiento" es un fenómeno
muy personal y no debería usarse como indicador de nada externo
al propio sujeto que lo experimenta.
Me ha llamado, en cambio, la atención
que se considere "maniquea" la toma de posición de la película.
Esto supone un adjetivo peyorativo. El maniqueísmo fue una religión,
pero el término se usa para indicar que quien piensa o ve así
no distingue los matices; es ciego para los colores matizados; sólo
percibe el blanco y el negro. O lo que es igual, los buenos son "muy buenos"
y los malos son "muy malos". Un buen ejemplo de este maniqueísmo
cinematográfico podría ser las películas del far west
(en la época clásica) o las de guerra (estoy pensando en
aquellas que sí hicieron durante la segunda guerra mundial).
¿Kundun entra en esta categoría?
Para mí, rotundamente no. Lo que China hizo con el Tíbet
no tiene justificación de ninguna clase; arrasar los monasterios
y la cultura de un pueblo no tiene justificación (ni siquiera la
que se hace "por el bien" de la víctima); enviar miles de campesinos
a chinizar el Tíbet no tiene justificación. Engañar
como intenta engañar China sobre lo que está sucediendo actualmente
en el antiguo Tíbet, no tiene justificación de ninguna clase.
Luego describir lo que sucedió no es maniqueísmo, sino verismo
(de la misma forma que otros directores, en su momento, denunciaron a la
dictadura griega o a los desafueros de la justicia en países democráticos).
Un verismo condensado, expresado en imágenes-símbolos, y
en diálogos que funcionan no sólo para indicar algo sino
para transmitir la esencia de una situación (o de una época).
Argumentar que Mao es poco creíble, lo puedo admitir como referencia
individualizada (sobre todo para quien lo conoció personalmente),
pero no lo puedo aceptar para quien con un simple manual de historia puede
repasar lo que hizo este dirigente a la China que tanto amó (según
dicen sus epígonos). Ignoro si Mao tosía en la época
en que intentó convencer al Dalai Lama de las virtudes de su sistema;
lo que no ignoro es que fue capaz de engañar e imponer a los otros
pueblos su verdad, su ideología y su poder personal. Si además
era una persona muy simpática y la película no recoge esta
faceta de su personalidad... pues no se ha perdido nada importante.
Por supuesto que se puede opinar lo contrario...
pero en todo caso a partir de un reconocimiento explícito de lo
que a uno le gusta y lo que uno desea para este mundo. Si se quiere hacer
una crítica estética las ideas y los valores deben correr
únicamente por este carril; pero si se hace un comentario político
(y afirmar que el tratamiento que Scorsese hace de la invasión china,
de la política china y de la respuesta de las autoridades tibetanas
es por sobre todas las cosas un comentario político) entonces hay
que afirmar claramente del lado en que uno se coloca.
La figura del XIV Dalai Lama Tenzin Giatso
es compleja porque no sólo fue (y es) un monje, sino también
un dirigente político en el exilio. Se puede hacer una análisis
estrictamente religioso, o un análisis estrictamente político.
Sin embargo, aíslados serían parciales, ya que esta figura
es ambas cosas. El mérito de la película (que no es poco)
es mostrar las interrelaciones entre ambas facetas, las dificultades reales
con que puede encontrarse un dirigente religioso que tiene que asumir funciones
políticas, y el drama de su pueblo al verse invadido y huérfano
de todo apoyo mundial.
Según he leído Scorsese se
ha asesorado directamente de las autoridades tibetanas. Ha tomado partido
y no se le ha ocurrido negarlo. La película está hecha con
monjes, no con actores, hasta el punto que la actriz que representa la
madre del Dalai Lama, en su infancia, es su propia hermana. La reconstrucción
de los lugares y circunstancias ha sido hecha siguiendo las indicaciones
de los asesores tibetanos. Es una película que toma partido, que
no lo niega, que muestra una realidad desde un punto de vista. Y que lo
hace en forma artística, resumiendo, comprimiendo, simbolizando
años y años de problemas, búsquedas y penalidades
de todo un pueblo.
A nosotros, los simples espectadores, nos
toca la misión de decir si, además, nos hemos entretenido.
Si la película funciona como tal, y no como remedo de un manual
de historia. Yo creo que lo ha logrado. Y por eso me he obligado a escribir
estas líneas. Como reconocimiento a una obra bien hecha, verídica...
y sobre todo respetuosa de las cuestiones esenciales que deben preocuparnos.
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