Casi Nada - WebMagazine- Indice junio 1998 - Indice General Temático - Páginas Centrales
Localización original de este documento: http://usuarios.iponet.es/casinada/24kund1.htm
  Sobredosis budista 
KUNDUN  
de Martin Scorsese
 

Dirección: Martin Scorsese
Intérpretes: T.Thuthob Tsarong, Tencho Gyalpo, Sonam Phuntsok
Nacionalidad: USA.1997
 
 

Otros materiales con alguna relación con Tíbet.

 

 

Abrió la veda Bernardo Bertolucci en 1993 con "El pequeño Buda", un cuerpo fílmico en el que residían dos espíritus mal avenidos: el de una inverosímil (por más que pudiera basarse en algún hecho real) historia contemporánea y una preciosista e idealizada divulgación de los orígenes y filosofía del Budismo. Si aquello produjo la frustración de muchos de sus admiradores, lo peor estaba por venir. Bertolucci parecía haber descubierto el nuevo Dorado a cuantos despistados -y en el mundo de la farándula norteamericana son legión- están al acecho de la última adquisión patético-espiritualista que les ponga por un módico precio "en el camino de la verdad". Y Hollywood no tardaría en volver la vista hacia ese filón.  
  

El francés Jean Jacques Annaud, avalado por el prestigio que le dieron dos interesantes adaptaciones literarias, "El nombre de la rosa" y "El amante", presentó el año pasado una nueva traslación a la pantalla de un texto ajeno, la autobiografía de Heinrich Harrer, un alpinista de dudoso pasado nazi (convenientemente suavizado) que llegó a convertirse en tutor y hombre de toda confianza del actual Dalai Lama, a quien había conocido cuando éste era niño. En manos de Annaud "Siete años en el Tíbet" basculaba, por ello, hacia la hagiografía del dirigente budista y su sentido último podía tal vez resumirse así: fotografía francamente bella, espectáculo ajustado al lucimiento de la estrella Brad Pitt y simplificación histórica; claves de tal manera entrelazadas que hacían inútil esperar del film cualquier otra cosa que no pueda considerarse, en lenguaje llano, propaganda, del budismo, de quienes luchan por la independencia del Tibet y de quienes la apoyan y censuran severamente al régimen chino.  
  

Probablemente no había muchos motivos para suponer que Martin Socorsese, interesado también en el mismo asunto (la vida del actual Dalai Lama e idénticos acontecimientos históricos) nos proporcionaría en "Kundun" un punto de vista -al menos, ideológico- radicalmente distinto al reflejado en el film de Annaud. Pero quienes le tenemos por uno de los directores más brillantes y personales del panorama mundial seguramente esperábamos que nos sorprendiera. Y en lo que a mí se refiere la sorpresa no puede ser más decepcionante.  
  

Ninguna novedad en el capítulo ideológico: maniqueísmo que reparte bendiciones de santidad a unos (los tibetanos) y demoniza sin contemplaciones a otros (chinos). La caricaturización del enemigo chino llega hasta la burda parodia del presidente Mao, un arrogante, mentiroso y déspota que escupe a la cara del dirigente religioso la vieja máxima marxista: "la religión es el opio del pueblo". El paradigma de su posición ideológica, no demasiado sutil, lo refleja otro diálogo: "hasta ahora hemos contenido a los chinos", dice Kundun; "sí, pero -le responde su hombre de confianza- éstos no son iguales, son comunistas". La desaparición del personaje de Harrer, absolutamente ignorado en "Kundun", permite interiorizar y subjetivizar la narración con secuencias oníricas e imágenes metafóricas, que revisten de cansina idealización lo que ya de por sí es bastante "espiritual": el doble camino de peregrinación del Dalai Lama, el primero simbólico, de aprendizaje durante su infancia y adolescencia, el segundo, real, hacia el exilio. Si el guión apunta una ínfima insinuación de realismo, respecto a las luchas palaciegas que también se dan, como en todos los gobiernos del mundo, en el del Tibet, rápidamente es ignorada en actitud insultantemente beatífica de Kundun. Cuadran mal con el irreal pacifismo que se postula.  
  

Indispuestos de este modo, resulta muy difícil no identificar al lento, pausado y tántrico discurrir de la vida en los monasterios tibetanos, a lo largo de más de dos horas, la sensación de soporífero ritmo, escaso de autocontención estética, o disfrutar de los hallazgos visuales que hacen reconocible el estilo de este gran director.  

JUAN CARLOS RIVAS FRAILE <jcriv@mundivia.es>

 
 
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