| Ernst Jünger (1895-1998) |
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En parte porque su vida, como la de Heidegger, no estuvo a salvo del entusiasmo inicial por el nazismo o porque su obra y particularmente sus diarios confrontan la naturaleza del hombre sin escrúpulos, o por su condición de militar victorioso (héroe de guerra, temido, capaz de hacer consignas razonables para sus soldados: ¨maten con ardor, pero no con odio¨) o por su misterioso celo solitario, lo cierto, lo imprescindible, es que Ernst Jünger resulta una presencia incómoda en la historia de la literatura y su muerte cercana, el 17 de febrero pasado, casi a los 103 años, ha vuelto a exigir una reconsideración crítica, justa, decisiva, de su vida y, por supuesto, de su magnífica obra. En ese sentido (y en otros), no veo mi aporte sino como una oportunidad para compartir algunos aspectos suyos que han hecho mi vida de lector. ENTRE DOS GUERRAS Nacido el 29 de marzo de 1895, en Heidelberg,
hijo del Dr. Ernst George Jünger, un respetado profesor de química
y Lily Karoline, Ernst Jünger pasó por varias escuelas antes
de tomar la decisión radical de unirse, junto con su hermano Friedrich
a los Wandervögel en 1911. Este grupo, que sostenía principios
radicales posteriormente adoptados por el movimiento hippie, extremaba
el espíritu de la naturaleza y la búsqueda de los bosques
así como el respeto absoluto por la vida animal, lo que en el joven
aprendiz de escritor se convertiría en una pasión ininterrumpida
por la entomología. Esta independencia forzó la ruptura con
sus padres y su incorporación a la Legión Extranjera Francesa
en 1913. Como se sabe y se repite, más que como se conoce realmente,
la Legión era un feroz cuerpo militar internacional integrado por
hombres que asumían su pertenencia como un exilio o refugio en el
África y Jünger tuvo la suerte de sobrevivir en esa fuerza
y ser respetado durante su corta estancia en Argelia. A pedido de su padre,
regresó para estudiar en Hannover, pero la Primera Guerra Mundial
le ofreció una ocasión más relevante para continuar
su independencia y, ante el llamado del Káiser, no perdió
tiempo en asimilarse. El rechazo a la vida burguesa tenía como contraparte
la búsqueda de lo excitante e inaudito. Con el rango de Teniente,
peleó en Champagne y en el valle de la Somme, en 1916, y fue testigo
de la muerte de un millón de hombres para que los aliados avanzaran
diez kilómetros. En su morral, llevaba sus provisiones de rutina
y sus tomos de Nietzsche y Schopenhauer. A ratos, escribía. Herido
varias veces, regresó a pelear con tal coraje que recibió
la más importante condecoración conocida: la Medalla Orden
al Mérito. Al término de la guerra, era uno de los pocos
héroes de su país y durante un buen tiempo se encargó
de formar soldados y escribir manuales prácticos para la Infantería.
Su decepción con el nazismo fue
lenta y en 1932 la radicalizó en el extenso ensayo "Der Arbeiter"
(El Trabajador, 1932). En este escrito enfatizó su crítica
de la técnica como elemento destructor de la dignidad humana y la
presentación del trabajo como realización de la voluntad.
En el fondo, esta obra mantiene su vigencia invicta debido a los signos
terribles de la revolución microelectrónica, cuya esencia
prescinde del trabajador en todas sus formas. El desencuentro de Jünger
terminó en el rechazo a la oportunidad de ingresar a la Academia
de Poesía Alemana en 1933, purgada por la Gestapo, y se marchó
a una aldea, Goslar, en las montañas Harz; después se radicó
en Ueberlingen. El contacto con el exterior lo mantuvo a través
de sus viajes a Noruega, en 1935, en 1936 a Brasil, Canarias y Marruecos,
en 1937 a París, donde se encontró con Andre Gide y Julien
Green y en 1939 se mudó a Kirchhorst en la Baja Sajonia. Sus publicaciones
no terminaron: en 1934 publicó "Blaetter und Steine" (Hojas y piedras),
primera crítica soterrada al racismo fascista, en 1936 su novela
"Afrikanische Spiele" (Juegos africanos), basada en su experiencia en la
Legión Extranjera, y en 1939 "Auf den Marmorklippen" (Acantilados
de mármol), también una novela, pero de mayor envergadura.
La Segunda Guerra Mundial no tuvo ninguno
sentido para Ernst Jünger y en su diario (Strahlungen, Irradiaciones),
con gran displicencia, cuenta cómo, leyendo a Heródoto, supo
que la oficina de reclutamiento lo llamaba a entrar en combate en agosto
de 1939. Esa actitud indiferente lo alejó por completo de cualquier
acción heroica. Transferido a París en 1941 formó
parte de las fuerzas de ocupación liderizadas por el General Otto
von Stülpnagel, pero antes que ser un inquisidor o estratega, prefirió
conocer mejor la cultura francesa y defenderla de los excesos de los soldados.
La edición y posterior traducción al francés de "Garden
und Strassen" (Jardines y calles) en 1942 le garantizó la admiración
de algunos escritores e intelectuales franceses como Paul Leauteau, Jean
Cocteau, Gaston Gallimard, Louis Ferdinand Céline, Paul Morand,
Pierre Drieu La Rochelle con quienes sostuvo largas conversaciones. En
su "Diario" sorprende que sus preocupaciones no fuesen las de un militar
en tierra extranjera sino las de un dandy, interesado por las buenas comidas,
el clima, la naturaleza, ciertas lecturas excéntricas, dos o tres
conversaciones, una buena amante. Hay un pasaje fechado el 3 de octubre
del 42 en el que refiere, por ejemplo:
"Por la tarde en la librería
del «Palais Royal», donde adquirí la edición
de Crébillon impresa en 1812 por Didot. En las tapas de vitela verde
se observa todavía la fuerza del estilo que conservaba el imperio...Francia
disfruta todavía de las ventajas de esta tradición que se
transmite por herencia, y es de esperar que la conserve gracias a su política
que, en general, puede considerarse razonable. Porque, ¿qué
es lo que importa ahora en este país? Que no se destruyan sus viejos
nidos, las ciudades, sobre cuyas ruinas se levantarían sucursales
de Chicago, como ocurrirá con Alemania...".
En 1942 fue enviado al Frente Ruso y vivió en carne propia la derrota de las tropas nazis, el hambre, el frío, la desesperación. En 1944 dimitió del Ejército después del atentado contra Hitler y se retiró a Kirchhorst, donde recibió la noticia de la muerte de su hijo. La verdad es que su hijo fue enviado a un batallón de castigo por sus ideas subversivas y encontró un fin misterioso, lo que explica que se negara a enfrentar a los norteamericanos en la captura de Alemania. Para él la guerra ya había concluido con una devastación espiritual intensa e imborrable. DESDE OTROS SILENCIOS Stuart Hood, traductor de "Auf den Marmorklippen",
visitó a Jünger en septiembre de 1945 y lo encontró
delgado, impecable, preciso. Entre las cosas que reseñó de
la reunión, al principio difícil, se encuentra el hecho de
que el novelista se declaró francófilo. "Discutimos, escribió
Hood, de literatura alemana. Me expresó su disguto por Thomas Mann
y su estilo...El admira a Rivarol, a quien ha traducido. Yo no sabía
nada en absoluto de Rivarol. (Fue un autor que satirizó a la monarquía
en los tiempos de la Revolución Francesa y acabó sus días
como refugiado en Alemania...)... Sus modelos literarios, me declaró,
fueron franceses...". Esta afirmación es cierta y subraya una de
las grandes paradojas del escritor: admirador decidido de la claridad francesa,
optó por un estilo enrevesado, metafísico. Lo que parece
haberle interesado, más bien, fue el cuidado por el estilo y la
contundencia en la expresión. Tenía la idea de que la literatura
no es un acto gratuito: "La misión del autor...consiste en la creación
de una patria, de una residencia espiritual...".
Prohibidos sus libros por los aliados,
recurrió a publicaciones extranjeras: "Der Friede" (La paz) apareció
en 1946 en Amsterdam. En 1947 publicó "Atlantische Fahrt" (Viaje
Atlántico) y un año más tarde "Aus der goldenen Muschel"
(La concha de oro), un diario de viajes. El año 1949 conmovió
al mundo con dos libros suyos: su diario de guerra y "Heliópolis",
una de sus novelas más alegóricas y complejas. El relato,
entre diálogos, monólogos y páginas de diario, presenta
una ciudad del futuro, Heliópolis, en la que un personaje inolvidable,
Lucius, debe elegir entre el partido de Landvogt, cultor de lo colectivo
y el Procónsul, defensor de lo individual, sin que al final se decida.
En 1950 renovó su apuesta por el nihilismo con "Ueber die Linie"
(Sobre la línea), difícil homenaje a Heidegger en el que
proporciona, aparte de los nombres de Poe, Leon Bloy, Rimbaud como lecturas
privilegiadas, una perspectiva conceptual del mundo contemporáneo.
Libro extremadamente confuso, resulta memorable por hacer de Nietzsche
un punto de partida de análisis del hombre moderno e invitar a superar
los valores mediante una vía nihilista: "Un camino que ni hacia
dentro ni hacia fuera es seguro nos pertenece". Levantar la cabeza
y mirar por encima de la línea es, entonces, descubrir las señales
del nuevo orden. Hacia 1951 publicó "Der Waldgang" (Paseo por el
bosque); en 1952, "Die Eberjagd" y "Besuch auf Godenholm" (Visita a Godenholm),
esta última una novela corta digna de múltiples relecturas
y, me atrevería a sugerir, una de sus preferidas. En resumidas cuentas,
narra, y bien vale detenerse en este punto, la llegada de Möltner,
médico, Einar, arqueólogo y Ulma, joven nórdica, a
una isla donde vive un anciano, Schwarzenberg, maestro iniciático
que posee el don de hacer ver lo oculto a través de visiones personales.
Lo mágico, impulsivo, es la atmósfera: la cercanía
a los símbolos y arquetipos del mundo y tal vez sean estas líneas
el índice para exponer las condiciones de la estructura de este
y otros textos de Jünger: "...no veía la historia, la historia
natural, la cosmogonía, como desarrollo, imaginándolas, como
es costumbre, en forma de líneas, espirales o círculos, sino
que las veía más bien como una serie de calotas esféricas
envolviendo núcleos atemporales, sin expandir. Desde esos núcleos
se emitían los prototipos y las cualidades hasta los lugares más
distantes...La creación no estaba sólo en el acto inicial
sino que podía continuarse en cualquier punto que prendiera en lo
inexpandido.". En 1953 publicó "Der gordische Knoten" (El nudo
gordiano), ensayo político sobre las tensiones entre oriente y occidente;
en 1954, "Das Sanduhrbuch" (El libro del reloj de arena), indagación
sobre el tiempo; en 1956 tradujo y prologó los escritos de Rivarol;
en 1957 apareció la novela "Gaeserne Bienen" y en 1959, el ensayo
"An der Zeitmauer" (Junto al muro del tiempo), que explora los cambios
mundiales y la inminente catástrofe del hombre. Hermann Hesse, en
una reseña prudente de este volumen hecha en 1960 escribió:
"...me ha instruido y corregido en los terrenos de las ciencias naturales
y de la técnica en los que estoy atrasado. En lo humano y moral
no me ha cambiado, pero sí fortalecido agradablemente".
Ya desde 1950 vivía con Gretha, su gran amor, en Wilflingen, en la casa del guardabosque del castillo de una familia amiga. Su esposa murió en 1960 y sobrevino un período corto de depresión con una boda posterior (dos años después): esta vez la mujer era una archivista, Liselotte Lohrer. Entre 1962 y 1966, viajó por Egipto, Sudán y Angola. La tendencia prolífica se multiplicó en los años posteriores de tal manera que de los 60 a los 70 logró ver editados unos diez libros, algunos de ellos menores y al menos una obra maestra, continuación de lo planteado en Heliópolis, con el título de "Eumeswil" (1977), a la cual hay sociedades enteras que le dedican revistas y amplias monografías. En esta utopía, Venator, historiador al servicio del régimen del Condor, mantiene un diario secreto que permite informar sobre la situación real de terror. Del resto de los textos, habría que mencionar "Der Elstaat" y "Sgraffitti" de 1960, "Typus, Name, Gestalt" y "Maxima-Minima" de 1963, "Annaeherungen: Drogen und Rausch" (Aproximación a las drogas y a la intoxicación, 1970) y "Die Zwille" (1973), novela con ciertas reminiscencias de la infancia. RETIRO Y RECONOCIMIENTO La década de los ochenta rescató
a Ernst Jünger del olvido y, libro a libro, lo transformó en
una figura pública discutida, polémica, pero por sobre todo
admirada. El Premio Goethe 1982 y el Premio de la Fundación Cino
del Duca predispuso a muchos sectores en su contra y sirvió para
que nuevas generaciones leyeran sus obras sin prejuicios de ninguna clase.
En 1983 publicó la novela "Aladins Problem" y una colección
de aforismos literarios que muy pronto se popularizó en todos los
idiomas: "Autor und Autorschaft". Para 1985 condescendió con la
novela policial y aportó un relato titulado "Eine gefaehrliche Begegnung"
con un escenario parisino. La llegada del Cometa Halley despertó
en él numerosos recuerdos y los compiló en "Zwei Mal Halley",
que apareció en 1987. Admirador de "Las Mil y Una Noches", releyó
una y otra vez el clásico y continuó sus investigaciones
naturalistas.
"Aquí está un hombre libre", dijo de Jünger, conmovido, aterido por su presencia imponente, el entonces presidente de Francia, François Miterrand, cuando, acompañado por Helmuth Kohl, lo visitó, en 1995, en su aldea de Wilflingen para hacerle un modesto homenaje en su centésimo aniversario. Pocas palabras tan ciertas. Ahora, tras su muerte, noto que la discusión vuelve a abrirse y se ignora que el gran escritor es un hombre peligrosamente libre. Negar a Jünger por su apoyo temprano a los nazis o a Ezra Pound, Louis Ferdinand Céline, Martin Heidegger, es olvidar que esas circunstancias históricas son pasajeras y que sus obras trascienden el equívoco político. En el fondo, se trata de entender que no puede dejar de leerse a un Francis Bacon por haber sido un funcionario corrupto o a un Jenofonte por servir como soldado mercenario en una guerra interna en Persia. Eso es todo. Fernando BÁEZ <baez@rector.ula.ve> |