| (In)decisión |
| "Now I know I must leave your spell.
I want tomorrow." -ENYA "Y navegar por siempre sin brújula sobre
aguas negras. El viento, que remolinea en mis cabellos y los esculpe con
mil motivos arcanos, me trae aromas de casa. ¡Hogar, patria bendita,
si tan sólo pudiera evocar tu nombre!... Y no lo recuerdo."
Amanece. Y en la plaza, ya no pinta el Sol de rojo el viejo suelo, ni arrancan ya sus rayos gemidos rosados al acariciar las baldosas. Y el aluminio del kiosco de prensa no refleja ya más el astro, sino un millar de puntos borrosos. Sobre el banco, el mendigo sueña, librando
su batalla eterna contra el hambre, y el frío, y, sobre todo, el
dolor de los recuerdos quebrados, la soledad de la ausencia.
"Y ahogarse, bracear tratando de burlar esta carga
que abruma mis hombros, como un pecado que me arrastrara al fondo de este
océano de desdichas. Cada segundo de mi existencia escapa vacío,
formando burbujas que se alejan hacia la superficie.
"Junto al Érebo, diez mil estrellas anegan
mis ojos, y ya no puedo contenerlas. Arrojar al abismo gotitas de nácar
que resbalan y centellean al reventar contra el suelo. Y cada gota roba
un pedacito del reflejo de la Luna en mis pupilas.
Clamar llamando a un fantasma, y nadie responde.
Sonrisas. Y cuanto más lo piensas, más te desgarras. ¡Escuece
tanto el vacío!"
Si el valor de un hombre se mide por sus hazañas
o sus discípulos, por los recuerdos que dejó o por mostrar
el camino a otros, nunca hubo nadie tan pequeño. Y sin embargo,
de alguna forma, es grande.
Y el viejo (no es tan viejo, 55 inviernos), escribe
su poema en la mente de Dios, usando por tinta la pena y la lobreguez de
la noche gélida.
"Aferrarse a un pecio de esperanza: quizá
mañana el Sol no saldrá negro. Y, sin embargo, ¿de
qué sirve la luz, si el llanto empaña tu vista?"
Y el puñado de agujas que ya no se clavan
en su pierna le hace barruntar el fin. Ya no durará mucho el suplicio,
ya no derretirá muchas veces el alba lágrimas de escarcha
en su rostro.
"Contemplar de pie, como Cristo, sobre la montaña
inmensamente alta, todos los reinos de la Tierra: A mi espalda, la selva
sin fin que crucé. Sus fieras no me devorarán, conozco la
Palabra. Frente a mí, las nubes velan el paisaje. A veces, por un
resquicio, un resplandor fugaz hiere mis retinas. Cierro los ojos, y aún
lo veo, caleidoscopio de naranjas y verdes.
¿Qué me espera? ¿Hallaré
allí una tierra de paz, o me arrastraré de nuevo por un infierno
de engaños?
Y dudar, pese a todo. ¿Seguiré aferrado
a la roca, mientras el Fénix diario devora mis entrañas?
Y, sin embargo, también es dulce el dolor, sublime la belleza, suave
es la hiel mezclada con mirra.
¿Daré el salto adelante? ¿Haré
mi crisálida y, transformado, volando hacia otro horizonte? Quisiera
saber que no quedaré atrapado en la seda, que mis alas no se quemarán
en la llama de una vela, ni se derretirán como las de Ícaro.
Y dudar si te quedan fuerzas para seguir dudando.
Consumirse por dentro, inclinándote con
cada brisa, como el péndulo de Poe, como el latido de un moribundo
en la pantalla del osciloscopio. Con un pie en cada platillo de la balanza,
tratando de equilibrarlos para no caer, saber que no durarás así
siempre.
¿Seguiré aquí escondido,
dejando que las tinieblas de mi prisión me resguarden de las tinieblas
de afuera? Férreos grilletes muerden aún mis muñecas.
¡Un instante! Al fin, he escuchado la señal.
Truenos retumban, relámpagos dibujan telarañas brillantes.
A mi alrededor, todo se desmorona. Se ha roto el hechizo, a pesar del dolor.
Un terremoto. Rocas caen sobre mí, y me magullan, mas no me arrodillo.
Los muros sólidos que formaran mi mazmorra
se han hundido, y sólo el firmamento me sirve de techo.
Aterrado, sin haber concluido aún mi plegaria, miro hacia arriba y, destacando contra la negrura, el fulgor de las estrellas se descompone a través de mis lágrimas. Levanto las manos en señal de victoria, y el silencio es rasgado por el ruido de cadenas que caen, quebradas. Indeciso, escruto la oscuridad que me desorienta. Veo una luz. Seguiré su estela." Gotas glaciales salpican el suelo triste, como las
teclas de un piano que lloriquean una endecha. Sombras pasan, grises, indiferentes.
Música. Voces. Risas. Alguien arroja una moneda a sus pies, junto
a la botella. Mil veces mil personas van y vienen con prisa, sin saber
que allí, sobre el banco, frente al Metro y el cine, y el kiosco
de prensa, un hombre desgarrado ha tomado su decisión, y hasta el
cielo llora.
Y así, arropado por las nubes y la inmensa
noche eterna que lo ha devorado, acunado por los edificios y medio cubierto,
en vano, con unos cartones húmedos, un cuerpo se hiela, frío,
frío, frío...
Carlos Villarrubia <melmoth@bastian.cece.es> |