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Regreso a la escuela
 
Dos mujeres de unos sesenta y cinco años charlaban en la puerta del mercado. Al pasar junto a ellas, capté sólo un retazo de conversación: "por la tarde no podré, voy a «colegio»", dijo la de pelo más canoso, al tiempo que apoyaba la pesada cesta en los escalones. Luego me he cruzado alguna vez con la "colegiala" y con varias compañeras suyas, mujeres también de edad madura. Salen de clase con andar cansino, pero el alboroto de sus voces al comentar los temas del día recuerda la algarabía de las adolescentes al salir del instituto. Algunas se detienen en la granja cercana a tomar un café o una infusión y allí prosiguen la charla, comentan las clases, preparan los deberes. Otras regresan directamente hacia sus casas; sus exiguas pensiones no les permiten tal dispendio. 

Hace años leí en una revista inglesa un artículo sobre los programas de estudio de la "Open University", pensados especialmente para gente mayor que no había tenido oportunidades en su juventud. Una anciana entrevistada comentaba que algunas amigas le reprochaban que el estudio le hiciese negligir sus labores domésticas. "Prefiero quitar el polvo a mi mente que a mis muebles", confesaba. 

Admiro a esas mujeres que encuentro en el mercado y que, como la anciana inglesa, han elegido, no sólo quitar el polvo y el óxido a sus mentes, sino darles también brillo y esplendor. Una de ellas me ha comentado que entre las "colegialas" abundan las viudas. No resulta fácil que un marido jubilado acceda a que su mujer vaya "al colegio", a menos que él tenga también intereses culturales. En ese caso, más que a clase, él suele asistir a conferencias; a veces más preparado que el propio conferenciante, para poder participar con conocimiento de causa en el coloquio.

Entre las colegialas maduras, las hay que no pudieron estudiar en su momento por falta de recursos económicos o por presiones familiares; primero por parte de los padres, luego del marido. Son como mariposas que hubiesen pasado muchas décadas en la fase de crisálida. Es una lástima que la viudez sea el precio que algunas han tenido que pagar para salir del estado de letargia. Les deseo que su paso por el "colegio" no sea efímero.

Enero, 1998

Mercè Piqueras <mpiq@bcn.servicom.es>

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