| UTOPÍA : El Celeste Imperio (I) |
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Cuando uno regresa de algún largo viaje por tierras chinas su memoria está poblada de un caos de imágenes abigarradas y ondulantes como su escritura oriental en banderolas flotantes en un paisaje sin límites en ninguna dirección.
A China hay que ir muy despacio, y salir también sin prisas ni espasmos en el pensamiento, porque China es Lo Grande, Lo Inmóvil, Lo Permanente. . . y Lo Fluido. . . Es como un larguísimo rollo de película revuelto entre las manos, donde cada viñeta parece idéntica a sus anteriores y posteriores, y donde es necesaria una mirada muy perspicaz para descubrir las levísimas diferencias.
Podría hablar ahora mismo de cienmil anécdotas pugnando por expresarse todas a la vez -y eso es China: una innumerable llamada a la atención y un griterío inmenso cada una de cuyas voces anhela ser escuchada a la vez que teme ser oída-. Iremos despacio, muy despacio para no aplastarnos los oídos con nombres exóticos y palabras en cuatro o cinco tonos que no tienen ninguna traducción a nuestro idioma. Habrá que mirar a lo lejos del paisaje y reposar nuestra mirada en la montaña de los mil budas en . . . -tampoco yo recuerdo aquellos nombres que ahora me harían quedar tan bien y tan falso como cualquier periodista en relatos de viajes-. Tendré que mirar ficheros... vídeos, fotografías, notas, apuntes apenas legibles con garabatos escritos sobre mi mano izquierda mientras caminaba o iba en jeep o en autobús o en tren o en carreta o en los vehículos de mil clases herencia de muchos siglos.
China me gusta; me llena el alma de trigales en el norte y de arrozales en el sur; y nunca olvidaré mi andar descalzo sobre la inmensa desembocadura del río Amarillo inexistente y convertido en una inmensa planicie de arena húmeda -escribiendo sus memorias en las plantas de mis pies-. También busqué a Pu-Yi, el último emperador visible, -aunque no el último, porque en China no hay nada "último" sino que siempre hay más-. Y es que este país es como un trimilenario anciano eternamente joven que puede recordar cualquier cosa de cualquier siglo, -y sorprenderte siempre-. Los templos taoístas estuvieron servidos por actores dramáticos durante el periodo de la seudo revolución cultural, pero después han vuelto sus sacerdotes y sacerdotisas a realizar los cultos, -y me dicen los occidentales poco avisados que no se nota variación, pero vaya que sí la hay: YO LA NOTO: Un taoísta es un poeta de verdad, y tiene con un actor la misma diferencia que hay entre Shakespeare en persona y Sir L. Olivier-. No son lo mismo. Tampoco es igual el teatro tradicional chino visto en cine que visto en vivo y en directo, -y no tanto por los actores como por las emociones que se perciben en los rostros del público asistente-. Este último es "más China" que la otra.
Cuando he aceptado el encargo de nuestro Director de escribir sobre
China ya era consciente de lo difícil que es hablar de este tema
en una sociedad provinciana de "la competencia" bombardeada televisivamente
por esloganes hostiles e hipócritamente humanitaristas, pero ¿quién
dijo Miedo?, sólo se muere una vez, -aunque se reencarna infinidad
de veces como dicen los chinos, y yo comparto esa convicción-, y
si me descubren y me pegan un tiro al doblar cualquier esquina podré
decir como el pirata de la canción
por perdida ya la dí cuando el yugo del esclavo como un bravo sacudí. |
(Yo no es que haya sido nunca esclavo, pero ahora tampoco pienso serlo).
Queda de ustedes atentísimo seguro servidor hasta la próxima,