| [Casi Nada 15 - septiembre 1997 - Indice general temático -Indice num 15 - Páginas centrales] |
| ¿Conocéis
la última novela de Peter Hoeg traducida
al español Los fronterizos?(1)
Yo, un entusiasta del escritor (el autor de "La Señorita Smila y
su especial percepción de la nieve", del cual se ha hecho también
una película) no he tardado un suspiro en retirarla de la mesa de
novedades de mi librería preferida. Trata de niños marginados,
tristes, solitarios y del tiempo. Un tiempo que los aprisiona y que, a
veces, de forma muy extraña también libera. Podría
contar el argumento (lo cual no es hacerle un favor al posible lector)
o pasar a analizar algunas ideas que contiene; sin embargo, seguiré
otro camino: el de las reflexiones personales. No es que tome el libro
como pretexto, sino que el autor despierta (en los ya tocados por estas
preocupaciones) resonancias íntimas y difíciles de traducir
en palabras.
¿Un solo tiempo? ¿Cuánto se ha hablado del tiempo? Llevaría mucho tiempo leer todo lo que está escrito sobre él... y, sin embargo, me temo que tanta lectura no ayudaría a reencontrar mi tiempo perdido. El problema de mi tiempo es que fluye y nunca refluye. Pasa y pasa dejando sólo recuerdos: apenas unos circuitos neuronales en un cerebro tan frágil como un jarrón de porcelana. Siempre, desde que tengo uso de razón (o sea, hace poco) me ha preocupado este tema: "el tiempo" ¿es sólo la medida de una transformación? ¿Se puede alargar la duración, o encogerla, según mi humor y capricho? Cualquier científico (sobre todo del siglo pasado) diría que esto es imposible. Todos tenemos 24 horas al día, 168 a la semana y 8760 al año. Sin embargo, a poco de pensar en la cuestión noto que el tiempo cronológico no agota las maneras de considerar el fenómeno. ¿Dura igual "un año" para quien tiene veinte años, o ya ha cumplido los 55? ¿Es la misma "hora" la primera de un curso, la que está situada en el medio o aquella que marca el final? ¿Cuánto dura la hora de los amantes? No basta con pensar que la hora tiene 60 minutos y que
este hecho es tan inmodificable como "dos mas dos son cuatro". Una percepción
más fina del tiempo, que da forma a los hechos cotidianos, permite
llegar a conclusiones con sabor a paradoja. El tiempo cunde o se encoge
según parámetros poco voluntarios, nada racionales, increíblemente
variables.
La normalidad peligrosa Alguien dijo que lo primero que debe conocer un preso para fugarse... es saber que está en una cárcel. Esto parece obvio cuando se nos quita la libertad; pero no lo es en otros casos; así sucede con el "tiempo". Aclaro, me siento obligado a escribirlo, que una concepción "objetiva" del tiempo no supone una falsedad, incluso puede ser una ayuda para organizarnos aunque simultáneamente constituya un serio obstáculo para entender la diversidad de tiempos vividos. Hay que repensar algunos conceptos. Nuestra existencia está hecha de tiempo, así como nuestro cuerpo está compuesto de materia; luego el tiempo es el único recurso valioso e irrecuperable con que contamos desde el primero hasta el último hálito. Es el "recurso" de los recursos. El que permite la utilización de los demás: la inteligencia, la salud, el dinero, la sensibilidad, etc. Darle al tiempo el máximo valor es descubrir, simultáneamente, que poco valor tiene ese mismo tiempo en la vida de-todos-los-dias. ¿Quién no está dispuesto a entregar una parte de su tiempo en una charla insustancial? Sin embargo, sería más difícil encontrar alguien que tuviese la misma liberalidad con su dinero. ¿Quién no está dispuesto a gastar una parte de su tiempo en una tarea inútil pero que es pedida por alguien cercano? Y, sin embargo, nadie dispondría de su salud para satisfacer cualquier capricho ajeno. La observación de la vida cotidiana lleva a concluir que los humanos actuamos como si fuéramos eternos. El tiempo sólo cobra un cierto valor en época de vacaciones (y para el condenado a muerte). Hay que ver como los niños se aburren, los adultos buscar rellenar sus horas de ocio, los ancianos rechazan el presente para someterse al rito de la rememoración... uno se pregunta ¿no hay otra forma mejor de utilizar el tiempo que nos es dado? Y no pensemos en el tiempo de los hospitales, de los largos intervalos entre viajes, de los asilos y las cárceles; un tiempo que se arrastra penosamente como si profesáramos de catatónicos honorarios. No es el tiempo vacío, es el tiempo sólido e impenetrable de la muerte. No pretendo impulsar una cruzada para "aprovechar" el tiempo. No se trata de convertir cada minuto vital en parte de un propósito definido (algo cuya mera idea puede resultar tan repugnante como sorberse los mocos). El asunto es un poco más complejo: se trata de entender, antes de "consumir". Se trata de captar esa materia sutil con que está entretejida nuestra existencia. Una reflexión sobre el tiempo... lleva su tiempo. Al igual que el jabón que rueda por el suelo y hay que limpiarlo antes de volver a usarlo (es una verdadera paradoja "lavar" y "limpiar" un jabón que se usa justamente para eso), necesitamos repensar nuestro tiempo. Gastar un tiempo observándolo; dedicar tiempo para conocer como está estructurado nuestro tiempo personal. Este podría ser la tarea de partida. Advierto que indagar sobre el tiempo es, simultáneamente, investigar su uso. Dejemos de lado el problema de la "productividad" para analizar la cuestión de la "armonía". Alcanzar un cierto equilibro, vivir una existencia sustancialmente diferente a la de una araña. Para entendernos: un tiempo que se escurre entre los dedos, únicamente orientado al consumismo y la satisfacción de los sentidos, es la mejor manera de reducirnos a la animalidad. El humano tiene otra posibilidad: crear y pensar. También alerto sobre lo antipático de estas
reflexiones. Una discusión sobre el tiempo es potencialmente corrosiva,
ácida, molesta. Lleva, saltando de cuestión en cuestión,
a plantear preguntas fundamentales. Preguntas sin respuestas cómodas:
"¿Qué estoy haciendo con mi existencia... ?", "¿Dónde
demonios he metido mi tiempo?" "¿Qué he hecho estos meses
para no hacer nada que recuerde?".
Investigar como autodescubrimiento "No nos conocemos". Esto es conocido, no digo nada nuevo. "Conócete a ti mismo" sigue tan vigente hoy como hace 20.000 años atrás. La conciencia es un fenómeno imperfecto, móvil y poco reflexivo. Quizá ni siquiera exista y sea sólo un juego del lenguaje; pero una indagación sistemática intenta alejarse de las posiciones extremas. Si uno piensa sobre lo que hace, cómo lo hace, por qué lo hace, para que o para quien lo hace y como nos sentimos mientras lo hacemos... ese paquete de actividad mental se aproxima bastante a lo que habitualmente se llama "ser consciente". Sólo una pega. Hay que reconocer que se gasta mucha energía en producir un resultado tan sofisticado. De allí que sea raro, poco habitual. Las baterías mentales se agotan con prontitud. Lo normal es producir la suficiente conciencia para resolver los problemas inmediatos... lo demás puede dejarse para otro día. Lo cual no quita que puede significar un descubrimiento importante el percibir a "la conciencia" en su rareza. Un lujo biológico que demanda un importante gasto energético. Un ser humano puede vivir sin mucha e incluso se pueden hacer cosas importantes sin ninguna (como por ejemplo votar, o hacer el amor). Así que pedir consciencia para detectar el paso del tiempo, nuestro tiempo, es pedir algo más importante que un préstamo bancario. Mentalmente es un esfuerzo de dividirse en dos, de desdoblarse, de ser sujeto y objeto simultáneamente. Y de controlar las emociones que provoca la observación. La situación de "desdoble" no es cosa nueva. Los seres humanos tenemos bastante capacidad para ello. Una cosa es el amante padre y otra el médico indiferente; una es el hombre que juega tiernamente con un cachorro y otra el funcionario que detrás de la ventanilla se comporta como un extraño vegetal parlante. Sin llegar a la esquizofrenia acostumbramos a desdoblarnos para ser eficaces, para protegernos, para estar más cómodos o para afrontar una situación radicalmente desagradable. De eso se trata, de desdoblarnos para estudiarnos. Practicar el deporte del autoconocimiento. Enterarnos, de verdad, de que es lo que "realmente" hacemos... más allá de nuestras ilusiones. Lo que "hacemos" es la vía real para llegar a saber lo que "somos". Jean Louis Servan-Schreiber lo recomienda con otras palabras:
Un pequeño aparte. ¿Si aplicáramos esta autoreflexion a las fiestas y reuniones sociales que asistimos... seguiríamos allí? Para un científico observar y llevar un registro escrito es pan de-cada-día. Sin embargo, puede representar una tarea ímproba para el común. Aparte de la motivación inicial, que suele faltar, está el obstáculo de la falta de hábitos de observación y registro. Esta ausencia es una desdichada consecuencia de la formación escolar y universitaria. Una formación libresca y erudita que no está demasiado lejos de sus orígenes medievales. Incito a cualquiera (que tenga paciencia para probarlo) a observar este molesto hecho: una descripción cuidadosa de cómo gastamos el tiempo muestra que es bastante diferente (por no decir opuesta) a la escala de valores que defendemos sobre lo que es importante, urgente y prescindible. Para decirlo con otras palabras: empleamos mucho tiempo en tareas que no encajan con nuestros proyectos "oficiales". Las buenas intenciones de principio de año duran poco porque no le asignamos recursos de tiempo. Los deseos a largo plazo languidecen porque no queda tiempo para ellos. Las ilusiones de cambio y desarrollo quedan fuera del "presupuesto" de tiempo. No asignar a un proyecto "tiempo" es lo mismo que crear una organización sin dinero; será errática, débil y terminará languideciendo hasta desaparecer. Una conducta impertinente, filosófica y poco caritativa sería preguntarle a alguien que está a punto de suicidarse: "¡oiga Ud.! ¿En que ha gastado su tiempo para llegar a esta situación?" Una de dos, o la reflexión acaba con su idea de terminar la partida... o acelera bruscamente hacia adelante. Hay mucha miga en el sencillo acto de registrar. Registrar, anotar, es descubrir lo que se oculta dentro de lo obvio. Además, cualquier observación implica una clasificación. Al intentar discriminar a que partida imputamos los gastos de tiempo... aumentan las dudas ¿cómo clasificar estos hechos, aquellas situaciones? ¿A qué cuenta atribuirlos? ¿Cómo agruparlos para poder entender este caos de actividades diarias? ¿Cómo se conecta las categorías que inventamos con los proyectos conscientes?. Clasificar es un acto preñado de emociones, de confusiones imprevistas (lo cual también resulta paradójico, ya que clasificamos para crear un orden que evite la confusión). No percibimos esta paradoja latente porque sólo tenemos en cuenta que clasificamos para organizar el caos. Y en parte sucede así. La organización descubre, como en contraluz, los fenómenos ocultos, lo que antes no tenía existencia "oficial". No es casual que mucha gente empiece con entusiasmo su agenda de año nuevo... y la deje por el camino. No es sólo por el trabajo implícito... hay una angustia naciente que mejor es evitar. El mero hecho de anotar lo que haremos (o lo que hicimos) penaliza suavemente. Nos pone en el brete de tener que cumplir, de pasar de la sensación a la acción o del recuerdo al juicio.(3) Da la impresión (asumiendo por un instante el rol de observador en el psicodrama planetario) que los seres humanos vamos, sin rumbo propio, siguiendo la corriente que se tiene más a mano. "Yo soy yo y mis circunstancias" decía Ortega y Gasset; pero la auto-observación, protocolizada en un registro serio, muestra un encogimiento drástico de la afirmación: "Yo soy... mis circunstancias". Quizá haya llegado el momento de resumir lo antedicho: "Si quieres saber qué eres, observa como empleas tu tiempo día a ida... lo demás son fantasías infantiles", como cuando en tus primeros años de vida querías ser astronauta, jefe de policía, o una santa entronizada en los altares. Claro que se trata, sobre todo, de prestar atención al "tiempo libre", porque el otro, el laboral, no depende de ti; luego sus virtudes están viciadas y sus defectos en parte no dependen de uno. ¿Y que hacemos una vez que nos enteramos de cómo
somos?
El laberinto y el caos Jorge Luis Borges amaba los laberintos y escribió bastante sobre ellos. Es una predilección de escritor. La metáfora es atractiva. Se pueden ver los laberintos que forman los sueños nocturnos; los que tejen las relaciones humanas cuando hay luz; los vericuetos donde se pierde la razón cuando sentimos algo que no-se-debe sentir. El laberinto de la "culpa"; el "yo" laberíntico que se esconde más allá de la cara, ni tan moral (según Freud) como lo creemos y mucho más moral de lo que lo imaginamos. Hay gente que opina que el laberinto es un buen símbolo del mundo humano. Me parece que no es malo, pero no el mejor. El laberinto es una estructura racional, creada para confundir, pero racional al fin. Tiene un plan y en ese diseño hay muchos caminos falsos menos uno. Por algún lado se llega al centro, y por algún otro, a la salida. Es dificultoso, si no lo fuera no sería un "laberinto", mas ofrece una salida. El que no se encuentre es otra historia que no afecta a su esencia, su naturaleza laberíntica. La existencia humana encuentra un modelo mejor en las teorías modernas sobre el caos.(4) La idea de un orden que genera desorden que a su vez sigue una pauta invisible (o sea, un orden "profundo") todo ello en un movimiento circular, es un instrumento más sofisticado para reflexionar sobre la existencia y sus problemas. La idea de que un pequeño cambio puede desencadenar profundas transformaciones y que grandes cambios pueden dejar las cosas como antes, es "contra-natura" y aparentemente poco racional; sin embargo, está en el corazón del nuevo paradigma. Faltan estudios sobre el tiempo enriquecidos con esta nueva perspectiva. La eternidad es muy larga, sobre todo hacia el final (decía Woody Allen, con humor no exento de sabiduría)(5) Al "tiempo" es posible, igual que cualquier otro fenómeno complejo, abordarlo desde múltiples puntos de vista (incluyendo el que lo niega como "problema", o el que lo niega como "existencia" afirmando que el tiempo no es otra cosa que un resultado de nuestro lenguaje: casi una consecuencia del invento de la categoría de palabras llamadas "verbos"). Sin embargo, es en su vertiente psicológica donde "el tiempo" encuentra su campo provocativo, estimulante para la reflexión. Frente al "presente" que no dura ni siquiera un helado de chocolate se yerguen dos inmensas moles inaccesibles: "el pasado" (tan irreal y colorido como una imagen en la pantalla de un monitor) y "el futuro" (ni real, ni imaginable y, sin embargo, el más preocupante por su carga de ansiedad). Da grima pensar lo que la gente hace atada a un pasado que sólo vibra en los tenues circuitos cerebrales y en los códigos lingüísticos registrados en papeles y otros soportes físicos. ¿Dónde está el pasado? Devorado por el tiempo, diluido en el tiempo. Es curioso, pero "el pasado" no existe, al igual que los centauros y los dragones. Es un animal mitológico. Una figura literaria. (Y que me perdonen los historiadores, ya que no creo que se sientan felices por las afirmaciones anteriores... a menos que tengan sentido del humor: un historiador es un creador, el psicoanalista de la humanidad). Pero aun, por jugar, si aceptamos la hipótesis opuesta: que el pasado es una realidad, porque en su momento lo fue, deberíamos tener en cuenta que dar continuidad a lo fragmentado es impulso innato en la especie "sapiens". Del pasado se podría decir muchas cosas, mas nadie puede negar su extrema y heterogénea riqueza. Tiene "de todo" y no parece juego limpio extraer sólo las "bolillas" que nos interesan mirando previamente en la bolsa. Sin embargo, es lo que hacemos a menudo (y ritualizan hasta el absurdo los nacionalismos políticos). En todo caso el análisis de ese objeto imposible que es "el pasado" puede tener una virtud ética: el desarrollo de la humildad. Cuando (en el plano personal) uno se descubre falible, contradictorio, soñador, poco digno de confianza, mendaz consigo mismo e incapaz de descubrir lo que está delante de las narices... es probable mayor benevolencia con idénticos achaques en nuestros semejantes. Y que de esta comunidad de debilidades, surja no el rechazo y la condena sino la conducta opuesta: una sonrisa, un reconfortante mensaje por e-mail, o un beso (sí la situación lo permite y el sexo es el adecuado). Creo que luego de estas sencillas, coherentes y cristalinas consideraciones, no me queda más tiempo para seguir divagando. Así que tendré que meterme en materia: el libro de Peter Hoeg... pero, mejor dejarlo para otro momento. Los Fronterizos es una novela que exige un tiempo propio; no el que siga a un comentario tan personal como el expuesto. Así que le daremos "su tiempo" en otro número de Casi Nada. |
Carlos Salinas <csalinas@iponet.es>
Septiembre 97
| NOTAS |
| 1. Peter Hoeg. "Los Fronterizos" Tusquets Editores. Colecc. Andanzas. Barcelona, 1997. |
| 2.
Jean Louis Servan-Schreiber. El arte del tiempo, Espasa Calpe. Madrid,
1985. Pag. 92
|
| 3.
Alfonso Pinedo. "El Dominio del Tiempo". Edit. Deusto. Bilbao, 1988. Libro
que tomo como ejemplo de "lo que no se debe leer" si uno quiere llegar
a algo interesante sobre este tema. Lo lamento. No tengo nada contra el
autor (al que no conozco) pero me parece que representa esa clase de libros
que dan a entender que si uno se arma con una agenda, lápices, papeles
para gráficos y plannings... se está en el buen camino.
Y el problema es que por allí no hay camino, ni atajo ni sendero de cabras. Nada. No se puede aplicar lo que funciona muy bien en una organización, en una empresa, a una vida personal. El peligro está, en igual proporción. en los dos resultados posibles. Si se fracasa, uno tiende a pensar que carece de voluntad para las cosas "serias". Y si se triunfa, peor, porque de tanto pensar en el tiempo programado... se pierde de vista el "caos" que es esencial a una vida armoniosa y feliz. Una caos aceptado y organizado provisionalmente... pero nunca ignorado. Por supuesto me parece muy bien llevar una agenda y construir proyectos; pero sin hipotecar el "yo" en ellos. Esto se dice pronto y cuesta lo suyo. De allí que considere a las agendas un objeto necesario... y peligroso. Util y devorador. Que controla parcialmente el azar, y potencial esclavizador. Una agenda es el equivalente de la energía nuclear aplicada a la esfera personal; no debe rechazarse, pero usarse con extremo cuidado. Con el respeto con que un japonés tradicional dedica a su "katana" (la espada nipona). |
| 4.
"La palabra azar es usada para describir fenómenos aleatorios como
la extracción de números en la lotería (...) Durante
los últimos 20 años, los científicos han comenzado
a estudiar este último tipo de fenómenos bajo el nombre de
caos. Se formula una nueva metodología para la modelación
de complejas figuras y formas, tales como la formación de las nubes,
turbulencia, línea costera de un país, e incluso para explicar
las variaciones de precios en el mercado mediante el uso de simples ecuaciones
matemáticas. Esta vía de pensamiento es algo diferente al
recurso de un mecanismo fortuito para describir los resultados de un sistema.
El azar versa sobre el orden en el desorden mientras el caos versa sobre
el desorden en el orden".
C. Radhakrishna Rao. Estadística y Verdad. Aprovechando el Azar. Ediciones Promociones y Publicaciones Universitarias (PPU). Barcelona 1994 |
| 5. Aquí un comentario sobre la "eternidad". Pocas veces se comprende que lo que se llama así es la ausencia de cambio, de movimiento. Lo cual viene a significar que toda eternidad es siempre provisional: no existe imposibilidad lógica para que algo que no ha cambiado en trillones de milenios, cambie al día siguiente. |