| Casi Nada - Revista en el WWW - Indice julio-agosto 1997 - Indice general temático - Páginas centrales |
Hace muy poco, (gracias a Jesús Bermejo) el correo electrónico me trajo las reflexiones de Santiago Ramón y Cajal (1) que leeréis un poco más abajo. Al concluírlas no pude menos que estar de acuerdo, a la par que lamentarme que sus críticas sigan teniendo vigencia. Hemos adelantado bastante (comparados con nosotros mismos), pero no lo suficiente. No lo que deseamos. No lo que necesitamos. Por eso, aunque resulten de lectura algo trabajosa por el estilo y el vocabulario de otra época, merecen ser recomendadas. Me atreveré a comentarlas porque nuestro medio electrónico permite con la simple operación de "cortar" eliminar mis elucubraciones, permitiendo que brille solitaria la palabra del maestro.
| Fragmento de Reglas y consejos sobre investigación
científica. Los tónicos de la voluntad.
Discurso leído con ocasión de la recepción del
autor en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales,
de Madrid. (Tomado de Obras literarias completas, págs. 512-519,
Aguilar, Madrid, 1954, 3ª edición).
Perseverancia en el Estudio
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La gran diferencia que veo entre nuestros países y los más avanzados es que allí se apoyan económicamente multitud de investigaciones aparentemente inútiles y prolongadas. ¿Alguien financiaría aquí, por ejemplo, una larga investigación para conocer la influencia del tango en la política argentina? No creo que un proyecto así llegara siquiera a ser considerado seriamente. En cambio es mucho más probable que el atrevido investigador obtuviera esos fondos en alguna remota universidad del medio oeste americano. ¡Ahí está la diferencia! Tiene que existir multitud de investigaciones inverosímiles para que avance la ciencia en su conjunto.
Para
llevar a feliz término una indagación científica,
una vez conocidos los métodos conducentes al fin, debemos fijar
fuertemente en nuestro espíritu los términos del problema,
a fin de provocar enérgicas corrientes de pensamiento, es decir,
asociaciones cada vez más complejas y precisas entre las imágenes
recibidas por la observación y las ideas que dormitan en nuestro
inconsciente; ideas que sólo una concentración vigorosa de
nuestras energías mentales podrá llevar al campo de la conciencia.
No basta la atención expectante, ahincada; es preciso llegar a la
preocupación. Importa aprovechar para la obra todos los momentos
lúcidos de nuestro espíritu: ya la meditación que
sigue al descanso prolongado, ya al trabajo mental supraintensivo que sólo
da la célula nerviosa caldeada por la congestión, ora, en
fin, la inesperada intuición que brota a menudo, como la chispa
del eslabón, del choque de la discusión científica.
Casi todos los que desconfían de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso poder de la atención prolongada. Esta especie de polarización cerebral, con relación a una cierta orden de percepciones, afina el juicio, enriquece nuestra sensibilidad analítica espolea la imaginación constructiva, y, en fin, condensando toda la luz de la razón en las negruras del problema, permite descubrir en éste inesperadas y sutiles relaciones. A fuerza de horas de exposición, una placa fotográfica situada en el foco de un anteojo dirigido al firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio más potente es incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atención, el intelecto llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas del más abstruso problema. La comparación precedente no es del todo
exacta. La fotografía astronómica limítase a registrar
actos preexistentes de tenue fulgor; mas en la labor cerebral se da un
acto de creación. Parece como si la representación mental,
obstinadamente contemplada, emitiera, al modo de un amiba, apéndices
invasores que, después de crecer en todos sentido y de sufrir extravíos
y detenciones, acabaran por vincularse estrechamente con las ideas afines.
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Me inclino por pensar que la dispersión aumenta con la inestabilidad económica y política. Cuando no existe un apoyo económico sólido uno tiene que oscilar como una brújula buscando el norte que permita sobrevivir; y cuándo el gobierno está usurpado por dictadores... la política nos busca a pesar de los intereses científicos o intelectuales. No se han hecho (que yo sepa) investigaciones de cómo la coyuntura social puede torcer muchas vocaciones personales. Pero no parece inverosímil que así sea. ¿Os imagináis a un joven que, durante la revolución soviética, se sintiera atraído por el estudio de los escarabajos? Probablemente no terminaría sus días como entomólogo.
La
forja de la nueva verdad exige casi siempre severas abstenciones y renuncias.
Convendrá, durante la susodicha incubación intelectual, que
el investigador, al modo del somnámbulo, atento sólo a la
voz del hipnotizador, no vea ni considere otra cosa que lo relacionado
con el objeto de estudio: en la cátedra, en el paseo, en el teatro,
en la conversación, hasta en la lectura meramente artística,
buscar la ocasión de intuiciones, de comparaciones y de hipótesis
que le permitan llevar alguna claridad a la cuestión que le obsesiona.
En este proceso adaptativo nada es inútil: los primeros groseros
errores, así como las falsas rutas por donde la imaginación
se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al verdadero camino,
y entran, por tanto, en el éxito final, como entran en el acabado
cuadro del artista los primeros informes bocetos. Cuando se reflexiona
sobre la curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar y perfeccionar
su actividad mental con relación a un objeto o problema profundamente
meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced a su plasticidad,
evoluciona anatómica y dinámicamente, adaptándose
progresivamente al tema. Esta adecuada y específica organización
adquirida por las células nerviosas produce a la larga lo que yo
llamaría talento profesional o de adaptación, y tiene por
motor la propia voluntad, es decir, la resolución enérgica
de adecuar nuestro entendimiento a la naturaleza del asunto. En cierto
sentido, no sería paradójico afirmar que el hombre que plantea
un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve, por donde tienen
fácil y llana explicación esas exclamaciones de asombro en
que prorrumpe todo investigador al considerar lo fácil de la solución
tan laboriosamente buscada. "¡Cómo no se me ocurrió
esto desde el principio! --exclamamos--. ¡Qué obcecación
la mía al obstinarme en marchar por caminos que no conducen a parte
alguna!. |
Lo más humano aparece en las exageraciones. De allí el carácter aclarador que tiene el estudio de las perversiones y la depravación en el homo sapiens. El santo anacoreta y el psicópata criminal tocan algunas fronteras que permanecen invisibles en la vida cotidiana. Cuando un asceta hindú puede mostrar su brazo y su mano calcificadas por la inmovilidad de años, está anunciando lo que la voluntad humana es capaz de alcanzar: convertir al propio cuerpo en una piedra. Pensad en Cajal convertido en neurona, gracias a su atención, para luego volver del viaje y dibujar sobre el papel su experiencia mental. ¡Allí está nuestro poder! Aunque ni siquiera sospechemos su existencia.
Si,
a pesar de todo, la solución no aparece y presentimos, no obstante,
que el asunto se acerca a su madurez, procurémonos algún
tiempo de reposo. Algunas semanas de solaz y de silencio en el campo traerán
la calma y la lucidez a nuestro espíritu. Esta frescura del intelecto,
como la escarcha matinal, marchitará la vegetación parásita
y viciosa que ahogaba la buena semilla. Y, al fin, surgirá
la flor de la verdad, que, por lo común, abrirá su cáliz,
al rayar el alba, tras largo y profundo sueño, durante esas horas
plácidas de la mañana que Goethe y tantos otros consideraron
propicias a la invención También los viajes, al traernos
nuevas imágenes del mundo y remover nuestro fondo ideal, poseen
la preciosa virtud de renovar el pensamiento y de disipar enervadoras preocupaciones.
¡Cuántas veces el rudo trepidar de la locomotora y el recogimiento
y soledad espiritual reinantes en el vagón (el desierto de hombres,
que diría Descartes) nos han sugerido ideas que justificó
ulteriormente el laboratorio!
En los tiempos que corremos, en que la investigación científica se ha convertido en una profesión regular que cobra nómina del Estado, no le basta al observador concentrarse largo tiempo en un tema; necesita, además, imprimir una gran actividad a sus trabajos. Pasaron aquellos hermosos tiempos de antaño, en que el curioso de la Naturaleza, recogido en el silencio de su gabinete, podía estar seguro de que ningún émulo vendría a turbar sus tranquilas meditaciones. Hogaño, la investigación es fiebre; apenas un nuevo método se esboza, numerosos sabios se aprovechan de él, aplicándolo casi simultáneamente a los mismos temas y mermando la gloria del iniciador, que carece de la holgura y tiempo necesarios para recoger todo el fruto de su laboriosidad y buena estrella. Inevitables son, por consecuencia, las coincidencias y las contiendas de prioridad. Y es que, lanzada al público una idea, entra a formar parte de ese ambiente intelectual donde todos nutrimos nuestros espíritu; y en virtud del isocronismo funcional reinante en las cabezas preparadas y polarizadas para un trabajo dado, la idea nueva es simultáneamente asimilada en París y en Berlín, en Londres y en Viena, casi de idéntico modo y con similares desarrollo y aplicaciones. La invención crece y se desarrolla al modo de un organismo, espontánea y automáticamente, como si los sabios quedasen reducidos a meros cultivadores de la semilla sembrada por un genio. Todos entrevén la espléndida floración de hechos nuevos y todos desean, naturalmente, acaparar la espléndida cosecha. Esto explica la impaciencia por publicar, así como lo imperfecto y fragmentario de muchos trabajos de laboratorio. El afán de llegar antes nos lleva a veces a incurrir en ligerezas, pero ocurre también que el ansia febril de tocar la meta los primeros nos granjea el mérito de la prioridad. |
Quizá, llevados por la misma lógica, no haya forma de volver al espíritu que ya añora Cajal. Habrá que convivir con la interconexión permanente y desarrollar nuevas formas de mantenerse "al margen" cuando el cerebro lo necesite.
En
todo caso, si alguien se nos adelanta, hacemos mal en desalentarnos. Continuemos
impertérritos la labor, que, al fin, llegará nuestro turno.
Ejemplo elocuente y de incansable perseverancia nos dio una mujer gloriosa,
madame Curie, cuando, habiendo descubierto la radiactividad del tordo,
sufrió la desagradable sorpresa de saber que poco antes, el mismo
hecho había sido anunciado por Schmidt en los Wiedermann
Annalen. Lejos de desanimarla la noticia, prosiguió sin tregua sus
pesquisas; ensayó al electroscopio nuevas sustancias, entre ellas
cierto óxido de uranio (la pechblende), de la mina de Johanngeorgenstadt,
cuyo poder radiactivo sobrepuja en cuatro veces al del uranio. Y sospechando
que aquella materia tan activa encerraba un cuerpo nuevo, emprendió,
con el concurso de monsieur Curie, una serie de ingeniosos, pacientes y
heroicos trabajos, cuyo galardón fue el hallazgo de un nuevo cuerpo,
el estupendo radio, cuyas maravillosas propiedades, provocando numerosas
investigaciones, ha revolucionado la Química y la Física.
En España, donde la pereza es, más que un vicio, una religión, se comprenden difícilmente esas monumentales obras de los químicos, naturalistas y médicos alemanes, en las cuales sólo el tiempo necesario para la ejecución de los dibujos y la consulta bibliográfica parece debe contarse por lustros. Y, sin embargo, estos libros se han redactado en uno o dos años, pacíficamente, sin febriles apresuramientos. El secreto está en el método de trabajo en aprovechar para la labor todo el tiempo hábil, en no entregarse al diario descanso sin haber consagrado dos o tres horas, por lo menos, a la tarea; en poner dique prudente a esa dispersión intelectual y a ese derroche de tiempo exigido por el trato social; en restañar, en fin, en lo posible, la cháchara ingeniosa del café o de la tertulia, despilfarradora de fuerzas nerviosas (cuando no causa de disgustos), y que nos aleja, con pueriles vanidades y fútiles preocupaciones, de la tarea principal. Si nuestras ocupaciones no nos permiten consagra, al tema más de dos horas, no abandonemos el trabajo a pretexto de que necesitaríamos cuatro o seis Como dice juiciosamente Payot, "poco basta cada día, si cada día logramos ese poco". Lo malo de ciertas distracciones, demasiado dominantes, no consiste tanto en el tiempo que nos roban cuanto en la flojera de a tensión creadora del espíritu y en la pérdida de esa especie de tonalidad que nuestras células nerviosas adquieren cuando las hemos adaptado a determinado asunto. |
¡Ojo a las facilidades de la comunicación electrónica! Traerán tantos nuevos e interesantes amigos que ya nos olvidaremos de aquello que nos preocupaba.
No
pretendemos proscribir en absoluto las distracciones; pero las del investigador
serán siempre ligeras y tales que no estorben en nada las nuevas
asociaciones ideales. El paseo al aire libre, la contemplación
de las obras artísticas o de las fotografías de escenas,
de países y de monumentos; el en canto de la música y, sobre
todo, la compañía de una persona que, penetrada de nuestra
situación evite cuidadosamente toda conversación grave
y reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos del hombre de laboratorio.
Bajo este aspecto, será bueno también seguir la regla
de Buffon, cuyo abandono en la conversación (que chocaba a
muchos admiradores por la nobleza y elevación de su estile como
escritor) lo justificaba diciendo: "Estos son mis momentos de descanso". |
| Cajal prescribe el remedio... sólo queda tomarlo.
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En
resumen: toda obra grande es el fruto de la paciencia y de la perseverancia,
combinada con una atención orientarla tenazmente, durante meses
y aun años, hacia un objeto particular. Así lo han
confesado sabios ilustres al ser interrogados tocante al secreto
de sus creaciones. Newton declaraba que sólo pensando siempre en
la misma cosa había llegado a la soberana ley de la atracción
universal. De Darwin refiere uno de sus hijos que llegó a tal concentración
en el estudio de los hechos biológicos relacionados con el gran
principio de la evolución que se privó durante muchos años
y de modo sistemático de toda lectura y meditación extrañas
al blanco de sus pensamientos; en fin: Buffon no vacilaba en decir que
"el genio no es sino la paciencia extremada". Suya es también esta
respuesta a los que le preguntaban cómo había conquistado
la gloria: "Pasando cuarenta años de mi vida inclinada sobre mi
escritorio". En conclusión: nadie ignora que Mayer, el genio descubridor
del principio de la conservación y transformación de la energía
consagró a esta concepción toda su vida.
Siendo, pues, cierto de toda certidumbre que las empresas científicas exigen, más que vigor intelectual, disciplina severa de la voluntad y perenne subordinación de todas las fuerzas mentales a un solo objeto de estudio, ¡cuán grande es el daño causado inconscientemente por los biógrafos de sabios ilustres al achacar las grandes conquistas científicas al genio antes que al trabajo y la paciencia! ¡Qué más desea la flaca voluntad del estudio o del profesor que poder cohonestar su pereza con la modesta cuanto desconsoladora confesión de mediocridad intelectual! De la funesta manía de exaltar sin medida la minerva de los grandes investigadores, sin parar mientes en el desaliento causado en el lector no están exentos ni aun biógrafos de tan buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas autobiografías, en las que el sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con sus debilidades y pasiones, con sus caídas y aciertos, constituyen excelente tónico moral. Tras estas lecturas, henchido el ánimo de esperanza, no es raro que el lector exclame: Anche io sono pittore. |
| La receta es sencilla: trabajo y concentración. En los momentos de descanso, poca diversión (y de calidad). No parece mensaje popular para nuestra gente, tan amiga de las verbenas, de pasear por las noches por los bares de la ciudad charlando amistosamente y sin despreciar un "ligue" si la ocasión es propicia. ¿Seremos, de por siempre, el paraíso de los turistas? ¿Habrá que mudarse más al norte para empezar a trabajar en serio? ¿Serán las personas como Cajal mutantes en su propia tierra? Todo parece indicar, me temo, que los anteriores consejos seguirán siendo válidos al finalizar el siglo XXI. |
| Notas:
(1) Santiago Ramón y Cajal: médico español. 1852-1934. En 1889 presentó en Berlín en la Sociedad Anatómica sus trabajos y descubrimientos sobre el tejido nervioso; demostrando que cada neurona era una célula independiente y crucial en el funcionamiento del del sistema nervioso. Recibió en 1906 el premio Nobel (compartido con el histólogo G. Golgi) (2) Véase si no el elocuente libro de V. Sommer sobre el engaño y el autoengaño en hombres y animales (Volker Sommer. "Elogio de la Mentira". Círculo de Lectores. Barcelona, 1995) |
- 1997 - Indice general temático - Indice
del num. 14]