La fotografía como investigación de la realidad
Peter Hoeg. "Los Fronterizos" Tusquets Editores. Barcelona 1997.
Pág. 179
De todo este complejo proceso quiero detenerme en un sólo aspecto; en un pequeño y reducido mundo; una calle transversal y poco concurrida, sólo visitada por aquellos que encuentran un sabor especial en alejarse de la multitud acogedora. Me refiero a la fotografía como una prótesis de la mirada. Una prolongación artificial de nuestro cerebro que agudiza nuestro sentido visual permitiendo registrar todos los detalles que omite, por razones obvias, una percpción urgida por el tiempo.
En este caso fotografiar es un acto contra natura. Detener
el tiempo convirtiendo el presente en permanente no es normal. Pero antes
de seguir, una pregunta. ¿Por qué fotografía la gente?
Me refiero a los no-profesionales, a los que usan la cámara como
herramienta lúdica, no para ganarse un sueldo.
Probablemente la respuesta mayoritaria sea: "para recordar este momento", para tener un documento de lo que ha pasado y poder volverlo a ver cuando ya la memoria flaquee. De allí que no importa mucho la calidad técnica de la imágen, lo que interesa es su contenido. Quizá por ello la mayoría de las fotos se parezcan a aquellos monumentos soviéticos, tan realistas como horribles en su estética. Si alguien tiene duda, pues que se quede unos instantes observando las imágenes que se procesan en cualquier laboratorio comercial. Sólo valen para aquellos que las han sacado. La fotografia masiva que mueve al negocio y a la industria fotográfica podría desaparecer mágicamente y nada de nuestro mundo se vería alterado. Es un producto tan innecesario y poco apetitoso como las patatas fritas empaquetadas. Un aperitivo perfectamente suprimible.
La trivialidad fotográfica se ha instalado definitivamente
en nuestro mundo, y lo peor es que ciega a aquellos que podrían
servirse de una cámara con mejor propósito. Quizá,
para romper el hechizo, la primera condición sería no fotografiar
a conocidos ni parientes (excepto en los bautizos, casamientos y otras
fechas señaladas socialmente). Entonces, luego de esta ascesis voluntaria
empieza realmente la búsqueda ¿que fotografiar? Y ¿para
qué hacerlo?
A estas dos preguntas claves respondo con una propuesta
algo extraña: se trata de fotografiar fantasmas. Registrar lo que
se nos escapa a la vista sea por su rapidez, o simplemente porque no se
destaca suficientemente del conjunto.
Salir
a la calle a captar el detalle fugaz; la mirada inconsciente; la sonrisa
apenas esbozada. Y hacerlo, además, buscandole un cierto encanto
estético. Porque aquello que no atrae, dificilmente se podrá
estudiar en profundidad. La estética al servicio de la gnosis.
La fotografia se vuelve, independientemente de sus resultados
(siempre difíciles de evaluar para el que los ha producido), en
un yoga; en una "unión" (que eso quiere decir la palabra) con la
realidad circundante. El ojo de la cámara se ha convertido, inesperadamente,
en el "tercer ojo" de los místicos tibetanos.
Pero este proceso no se completa en el click de la cámara.
Hay que ver luego el resultado y contemplarlo con paciencia. En este proceso
el ordenador y el tratamiento digital de la fotografia pueden aportar algo
interesante. Lo esencial no está en cambiar los colores, o generar
adornos más o menos barrocos, lo más importante es el sencillo
encuadre. Reencuadrar la imágen eliminando aquello que estorba para
poder contemplar la imágen obtenida. Algo que tambien se podía
hacer en el cuarto oscuro pero que ahora resulta más fácil
y por ello puede perfeccionarse hasta el extremo deseado.
Lo
que importa no es la fotografia "en crudo" sino el resultado que permite
discriminar la imágen fugitiva. Pero algo es cierto, sin una buena
materia prima no se puede obtener nada interesante. De ahí que en
el proceso el momento de la "caza" sea el crucial.
Las fotos que acompañan estas palabras pretender
ilustrar los conceptos anteriores. El que efectivamente lo hagan dependerá
no sólo de mi, sino, fundamentalmente del observador.
Carlos Salinas