| La tolerancia es pecado
Bossuet (1) La tolerancia es un fenómeno raro en la historia de las civilizaciones. Se requiere una suma algebraica muy especial de cualidades y situaciones para que en un momento dado crezca esta frágil flor. Existió en la antigüedad en pocos lugares, y en estos, en forma no siempre permanente. Al lado de la Grecia Histórica, donde se practicó una forma bastante razonable de tolerancia política, existieron los grandes imperios asiáticos donde ésta brilló por su ausencia; aunque, en cambio, coexistían libremente religiones muy dispares. En nuestro mundo europeo toda forma de tolerancia religiosa se vino abajo cuando el Cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio romano. Donde antes coexistían distintas prácticas religiones, quedó una sola: la verdadera. En cuanto a la tolerancia política, ésta ya hacía mucho tiempo que había desaparecido en el decadente imperio. Hay que esperar muchos siglos después para que la defensa de la tolerancia se hiciera públicamente y por escrito. Spinoza y Locke, en el XVII, recomendaron la tolerancia en materia religiosa. Voltaire y los ilustrados, en el XVIII, defendieron la tolerancia política. En el siglo XIX John S. Mill y Jeremy Bentham, en Inglaterra, defendieron parecidas ideas. En todo caso hay que esperar a nuestro siglo, bien promediado, cuando empiezan seriamente a difundirse otras propuestas de tolerancia que incluyen las diferencias étnicas, morales o de hábitos sexuales. Pero no es un camino recto. El fin de siglo observa el renacimiento de intolerancias diversas. La xenofobia, achaque habitual de los humanos, no está sola; hay para todos los gustos. En nuestra sociedad española la tolerancia fue una flor de verano con la República; el triunfo del régimen nacional-católico del General Franco significó un drástico retroceso. Por suerte la historia sigue; luego de la restauración de la democracia se ha vivido, y se vive, una época de amplio liberalismo. Tanto, y tan variado (me refiero a las costumbres y conductas públicas) que incluso ha admirado, cuando no escandalizado, a nuestros vecinos franceses. Vivir para ver. De todas formas tengo la sensación que la nuestra es una sociedad con libertad... pero sin ideas. No hay debate sobre que significa la tolerancia y que es lo que no estamos dispuestos a tolerar. Como sucedáneo esponjoso y de baja calidad tenemos los superficiales alegatos antirracistas que sólo convencen a los ya convencidos. Quizá porque no se discuten ideas, sino simplemente se aplica la misma moralina del nacional-catolicismo ahora "protegiendo" a los negros y a los árabes (como antes se hacía con los "chinitos" y otros paganos). Un estilo dogmático de pensamiento no se soluciona con el mero hecho de invertir sus conclusiones; por este camino se obtiene "más de lo mismo", es decir, la paralización del pensamiento crítico para sólo repetir tópicos. La misma falta de ideas que se ve en otros aspectos de la vida nacional. Baste escuchar regularmente los informativos de la televisión o la radio; leer los periódicos de gran tirada, o las revistas, para concluir que aquí no pasa nada importante fuera de los mismos y pesadamente repetitivos temas de política estatal o autonómica. Y no es así; no debería serlo en una sociedad que ha sufrido y está sufriendo tremendos cambios en su estructura socioeconómica y donde las nuevas tecnologías abren posibilidades insospechadas (lo cual no nos garantiza que por cada problema solucionado aparezcan dos, peores que los eliminados). No puede ser que nuestros más grandes problemas sean el posible juzgamiento de los implicados en el GAL, la escisión en un partido tradicional, o la distribución de un presupuesto estatal que cada vez será más magro si no nos tomamos seriamente los cambios económicos y culturales que están sucediendo en el campo internacional. ¿En qué mundo vivimos? Una sociedad, en fin, donde se derrocha el dinero en fiestas públicas, con macroespectáculos y fuegos artificiales, pirámides y elefantes moviendo el culo en el escenario, mientras las bibliotecas públicas languidecen en una falta de medios tercermundista, y los jóvenes no pueden elegir la carrera que desean porque hay presupuesto para todo, menos para el futuro. Una sociedad cuyas empresas nacionales han sido vendidas para convertirse en sucursales de multinacionales con los centros de decisión (y obviamente de interés) en otros países, mientras la clase empresarial busca su solución "curalotodo" en la disminución de sus plantillas. Una sociedad que dilapida sus recursos en proyectos faraónicos y en los fuegos fatuos de la "imagen" internacional, pero que a la hora de la verdad se muestra inútil para competir creando nuevos productos y servicios para un siglo que está a punto de comenzar. ¿O pensamos hacernos un lugar en el mundo desarrollado con las naranjas de Valencia y los kiwis de Andalucía? Una sociedad así tiene libertad... pero ¿por cuanto tiempo? ¿cuales son las condiciones para que libertad genere tolerancia? y por contra ¿cuales son las condiciones de inseguridad y crisis para que desaparezca primero la tolerancia, y luego esa libertad que nos parece tan sólida y duradera? Hay un cierto paralelismo entre el desarrollo de la infancia y el mantenimiento de ciertos valores por parte de una sociedad. De la misma manera que un niño será tanto más creativo y audaz cuanto más se sienta apoyado y amado por sus padres, una sociedad será tanto más tolerante y expansiva cuanto sus habitantes no encuentren que su subsistencia económica y sus valores están frontalmente amenazados. También, y no está demás señalarlo, un observador no puede abarcar la complejidad social; que cuánto más se ve el panorama, menos se advierten los detalles y que si uno fija la atención en los detalles el riesgo de perder perspectiva es un fenómeno habitual. En todo caso lo anterior son preguntas que nos hacemos sin pretensión de ser sistemáticos y abarcar todo el campo de problemas actuales. Es probable que no haya mencionado algunos de nuestros grandes logros como sociedad; y también muy posible que falte el recuerdo para otras importantes cuestiones. En todo caso, si unos nos ocupamos de unos problemas, eso no quita que otros, hagan notar los que faltan. Estas reflexiones, no sistemáticas, vienen a cuento a raíz de la lectura del artículo de Adolfo Sánchez Vázquez (1) sobre la tolerancia. Tema que nos atrae y nos preocupa. Tema que merece ser tratado una y otra vez para vislumbrar lo que, como sociedad, nos podemos permitir y lo que mejor será dejarlo para un futuro no inmediato. ¿En que consiste la tolerancia? La clave está en que "... aunque no se acepte o apruebe lo diferente, por no concordar con las opciones propias, se admite el derecho del otro a ser diferente y a mantener sus diferencias." (3). Ergo, la tolerancia no consiste, como algunos piensan, en aguantar lo que molesta, sino en aceptar el derecho a existir de lo diferente y que, sin compartirlo, advertimos que de alguna forma contribuye a crear un entorno variado. La mejor, la más sólida tolerancia es "interesada"; es inteligentemente egoísta. Se descubre su valor cuando se ha llegado a la certidumbre que la "pureza" de la sangre y de las ideas es el certificado oficial de la "decadencia". Cuando se toma el ejemplo de otras sociedades y se concluye que podemos admitir una dosis de "diferencia" sin que por ello tengamos que corrompernos o destruir nuestra identidad. Cuando observamos que es saludable y ético dejar "que crezcan diez mil flores", como dijo Mao Tse Tung (a pesar de que él fue el primero en incumplir tan hermoso precepto). La tolerancia es hija de la seguridad. Cuando se conoce que: "Admitir ese derecho no significa para el sujeto tolerante renunciar a lo propio, ni siquiera renunciar a tratar de que el otro cambie sus opciones y asuma otras que, hasta cierto momento, no comparte" (4) Y no sólo en las ideas o las costumbres. No se puede aprender tolerancia si percibimos que ha llegado alguien ayer, y hoy nos quita nuestro trabajo, o está dispuesto a hacerlo en condiciones que jamás admitiríamos como dignas. Las mejores intenciones pueden ser violadas por una banda de crueles hechos. Una sociedad que busca y admira la tolerancia, sabe crear las condiciones donde no estallen los odios raciales o religiosos. Aquí está el núcleo de la cuestión, y la importancia de su debate. Exigimos respeto para nuestras convicciones y nos basamos en algún hecho, real o supuesto, que las legitima. Por ejemplo, que "somos mayoría", o que "estábamos antes", o que "siempre ha sido así", o que "forma parte de nuestro patrimonio cultural", o por el contrario, "que somos minoría" y en la democracia se respeta a las minorías, o que "no formamos parte del patrimonio cultural" y en nuestro mundo se respeta la diversidad... Es decir que siempre se puede alegar una razón para defender el derecho a existir, lo que determina que la tolerancia sólo empieza a plantearse como problema cuando existe la suficiente diversidad (que como una masa crítica, activa nuestros sistemas defensivos psicológicos o ideológicos); cuando aparecen costumbres extrañas; cuando se difunden ideas desagradables; cuando aparecen otros dispuestos a competir por las mismas cosas que nos apetecen. "Sólo el disenso, y no el consenso, reclama y necesita de la tolerancia; en él están su raíz y su suelo nutricio, pero en el disenso también están -y hasta ahora en mayor escala- la raíz y el suelo nutricio de la intolerancia". (5) La tolerancia es siempre "un problema", ya que nos obliga a reflexionar sobre aquello que "debe ser" tolerado y aquello que es intolerable. Sobre la justicia y sobre nuestra historia. Sobre los compromisos morales que hemos adquirido con otros pueblos y sobre los límites razonables de nuestra solidaridad en nuestra coyuntura económica. "Locke toleraba toda creencia religiosa, cualquiera que fuese, en contraste con la tradición premoderna, intolerante (...) Sin embargo, Locke no toleraba el ateísmo, o sea, la negación de toda creencia religiosa, y sentenciaba inapelablemente: "...Los que niegan la existencia de un poder divino no han de ser tolerados de ninguna manera"." (6) Sería fácil tacharlo de farsante por exponer una limitación que ahora nos parece perfectamente razonable; pero además de injusto ello nos obliga a reflexionar que la tolerancia siempre es relativa, que tiene sus límites en circunstancias históricas, y que cambia (en su contenido) a medida que la sociedad evoluciona. Ahora, por ejemplo, muchos de los que se afirman como tolerantes, no están dispuestos a aceptar el suicidio (y su asistencia por parte de un médico). En esto divergimos, como tendré oportunidad de explicarlo en otra parte de este número de Casi Nada. Bien, ¿es necesario ampliar la tolerancia a este nuevo tema? En ello no hay nada establecido; será, para nuestra sociedad, un avance o un cambio que sólo se afrontará cuando exista suficiente presión social. Mientras tanto los que estamos a su favor, y advertimos la relativa soledad de nuestros argumentos, practicamos la tolerancia con la mayoría. A cada cual lo suyo. Tomemos otro ejemplo, También de actualidad: la paidofilia, entendida como la práctica sexual con menores de ambos sexos (incluyendo actividades conexas, como comprar o vender imágenes con estos temas) ¿también debe ser tolerada? Personalmente no lo creo... pero nadie puede predecir lo que sucederá en una sociedad del siglo XXII. A juzgar por los cambios que hemos tenido en esta época, ni el más liberal de los iluministas del siglo XVIII aceptaría ciertas cosas que para nosotros, hoy, no crea ningún problema práctico ni teórico. O sea que la tolerancia es siempre una situación móvil, frágil, con avances y retrocesos, expuesta a multitud de debates, choques y desencuentros. Más en cualquier caso no es un problema menor. De la solución que encontremos en cada época dependerá no sólo nuestro bienestar psíquico, sino también la actualización y desarrollo social. Felipe II no sólo cerró España a las ideas protestantes... también la colocó, deliberada o inconscientemente, en una situación de inferioridad dentro del concierto europeo. Los que quisieron salvar a España de la inmoralidad no advirtieron que la hacían caer en algo mucho más deprimente: la sensación de que lo extranjero era mejor... y más divertido. La tolerancia tiene consecuencias económicas, políticas, psicológicas y espirituales; de la misma manera que el desarrollo económico y político tienen consecuencias en las costumbres y los valores de la gente que lo vive. No se puede evitar el cambio mucho tiempo; pero se puede amargar a la gente, mientras tanto. De lo anterior no se debería deducir que la clave está colocarse siempre en el sentido de una mayor liberalidad. Sería una solución tan burra como peligrosa. Norberto Bobbio afirma "La tolerancia es tal sólo si viene a tolerar también las ideas malas" (7). Esto en principio es correcto; pero en algún lado habrá que trazar la frontera. Al hacerlo así se verán zonas indubitables (aquellas donde coincide casi toda la población), y zonas grises (aquellas que tienen buenas razones a favor, pero que aún despiertan fuertes prevenciones). Esto es bueno para la fortaleza de una sociedad. No se puede construir sobre la arena y pedir, luego, estabilidad. En cualquier caso se necesita una brújula que marque el norte. Yo propongo que pensemos en el tipo de sociedad que deseamos legar a nuestros biznietos (para ponerlo lejos, pero no demasiado). De aquí deduzco una poderosa razón para debatir cuestiones marginales (para nosotros) pero que ya presentan un perfil de debate a nivel internacional. Se trata de elaborar "modelos" de sociedad futura; modelos que, al mismo tiempo, descubren nuestros vacíos y muestran que algunos caminos conducen a un bloqueo sin salida. ¡Y esto nos está faltando a nosotros, los españoles de los 90! ¿Adonde nos conduce tener empresas sin el personal necesario para brindar un eficaz servicio; y sin imaginación para descubrir las nuevas necesidades del mercado? ¿Adonde nos lleva la prohibición pura y dura de las drogas? ¿Cómo impulsar desde el Estado y los gobiernos autonómicos una mayor y efectiva libertad de nuestros ciudadanos, en vez de resucitar los feudos del medievo? ¿Qué hacer con el aluvión de los que afluyen a nuestras costas como si se tratara de una nueva tierra prometida? ¿Hasta donde estamos dispuestos a admitir que los inmigrantes de otras culturas, por ejemplo árabe, instalen sus mezquitas, sus costumbres, sus velos y su concepción de lo que puede ser o no permisible? ¿Una vez que nos hemos dado las bases de un régimen democrático y descentralizado, cómo hacer que sea también eficaz y no genere un nuevo centralismo, más pequeño pero igualmente nefasto? Si empezamos a discutir estos problemas (y muchos otros que por respeto a la paciencia del lector elimino) ¿Qué se siente cuando escuchamos a nuestros estadistas discutir su política menuda; sus congresos de morondanga, donde todo lo que nos preocupa está ausente? Pero nada de lo bueno nos será regalado (y para ser justos, tampoco se lo regalan a nuestros vecinos). Ni podemos confiar en nuestros dirigentes, ni debemos hacerlo. Al fin de cuentas un pueblo siempre encuentra lo que se merece. De lo que se trata, tal como lo veo, es de abordar lo que tenemos entre manos y convertirlo en lo mejor posible, hasta que llegue a ser mejor de lo que habíamos imaginado. Para nuestra tarea toda la ilusión que seamos capaces de generar; para nuestros líderes todo el escepticismo que se merecen. Y si se sientes solos, que escuchen, que lean, que anden por la calle. Las limusinas son cómodas, como los ataúdes. Carlos Salinas Octubre 1996 csalinas@iponet.es Notas: (1) ver artículo de Adolfo Sánchez Vázquez. "Anverso y Reverso de la Tolerancia", en la revista "CLAVES de Razón Práctica", nº65. Madrid, Sep'96, Pág.14 |